IX
La aparición de aquella extraña flota había ensombrecido el ánimo de todos. Aún antes de que Xhaena se lo confirmara, Thorcrim había sospechado que había algo antinatural en aquellos barcos voladores. Bueno, algo aún más antinatural que las estrafalarias invenciones de gnomos chiflados que solían ser aquellas cosas. Se movían casi como seres vivos. Como si algo que no terminara de ser de este mundo los animara. E incluso desde la distancia, pudo apreciar que la madera con la que estaban construidos tenía un aspecto oscuro y brillante. Aquellos barcos estaban recién construidos. Todos ellos.
La sabia druida les había dicho que tenía noticias de una extraña actividad de tropas de Alexandria al sur, cerca de un pueblecito en medio de ninguna parte llamado Homlet. Ignoraba de qué se trataba exactamente, pero sospechaba que tenía algo que ver con la misteriosa aparición de aquellos barcos, aparentemente surgidos de la nada. Aquella información podía evitar que la bola de grasa que era la reina Zane pusiera sus rechonchos dedos sobre Sanlhoria, así que sin pensárselo dos veces, se dirigieron a aquel lugar del que nunca antes habían oído hablar. El joven enano no quería ver una guerra. Era muy poco probable que aquel conflicto entre humanos tuviera alguna repercusión seria en los profundos salones enanos bajo las montañas, pero aún así, una gran guerra nunca era una buena noticia. Muchas vidas iban a perderse en vano por la ambición de aquella reina chiflada.
El caso era que partieron hacia el sur, abriéndose paso a través de bandidos y todo tipo de seres desagradables, sobre todo unos humanoides reptilianos con un olor realmente nauseabundo, llamados trogloditas, que acechaban los caminos entre las montañas. Por fortuna, estaban bastante mejor equipados que la otra vez para soportar los rigores del camino. La mayor parte de ellos lucían armaduras nuevas y armas de mejor calidad. Él mismo había adquirido una coraza de bandas de acero y había comenzado a usar un hacha pesada, típica de los guerreros de su raza.
Aunque tampoco todo fue tan malo, ya que coincidieron en el camino con una caravana de feriantes. Gente interesante, que agradecieron poder contar con su protección en esos caminos tan peligrosos, y a cambio les dieron una amena fiesta cuando sus caminos se separaron. Hubo de música, baile y bebida en abundancia, aunque algo floja para su gusto. Al final, hasta Denay se animó a sacar a bailar a la elfa, y todo. No estuvo del todo mal.
Al día siguiente, llegaron a uno de esos lugares que servían como descanso en los caminos, con posada, taberna, establos, y hasta un pequeño templete. El primer signo de civilización que habían visto en cuatro días. Como una polilla hacia una vela, el enano se dirigió a la taberna. El antro en cuestión se parecía a muchas otras que había visto, algo sucia y maloliente y bastante ruidosa. Lo que diferenciaba aquel lugar de otros que había visto era que el centro de buena parte del barullo era una mujer humana, joven, delgaducha y pelirroja, vestida con un estrafalario conjunto rosa y una capa azul. Junto a ella, sobre su mesa, había unas cuantas jarras de cerveza vacías, y enfrente un tipo enorme que también se había bebido lo suyo, y probablemente lo de alguien más también. Para sorpresa de Thorcrim, la chica y el hombretón comenzaron a echar un pulso. El ruido se hizo ensordecedor, mientras que la concurrencia animaba a uno u otro y se cruzaban apuestas. De repente se hizo el silencio, cuando la pelirroja ganó.
Aquello era increíble. El brazo de la chica no tendría ni la mitad de grosor que el de su oponente. De acuerdo que el otro tipo parecía estar bastante borracho, mientras que a ella apenas parecían haberle afectado las cervezas, pero aún así era increíble.
La joven se puso a recoger las ganancias de las apuestas con gesto desenfadado, ante las miradas iracundas de los perdedores, que se estarían preguntando dónde estaba el truco. Aquella chica debía de ser muy valiente, muy estúpida, valientemente estúpida o estúpidamente valiente, Thorcrim no supo exactamente qué opinar. Aunque parecía estar un poco loca, en cierto modo le recordaba a Treia, su amiga de toda la vida. No es que se parecieran físicamente, más allá de que las dos eran pelirrojas, ni tampoco se comportaran de forma parecida, aunque las dos tenían una expresión de confianza en sí mismas. En cualquier caso, le cayó bien, así que se presentó y se sentó a la mesa con ella. Ella se presentó como Daphne, pidió un par de cervezas a la camarera, y le desafió a otro pulso.
En esas estaban cuando se oyó un jaleo de mil demonios afuera. Thorcrim apuró su cerveza de un sorbo y salió a ver qué pasaba, seguido de Daphne, que llevaba su cerveza consigo. En el exterior había siete hombres, altos, rubios, fuertes y armados hasta los dientes, en torno a otro hombre, de mayor edad, con un puñal clavado en el pecho, muerto. Bárbaros. Salvajes de los páramos. Kehays, en definitiva. Cuatro de los hombres habían rodeado a Garret, al que amenazaban con sus armas. Le acusaban de haber asesinado al hombre muerto, y decían algo acerca de que uno de ellos había visto a un hombre con una capucha de lobo haber apuñalado a su compañero. A todo esto se adelantó Denay, que intentó razonar con sus congéneres, diciendo que el asesino debía de haber sido otro tipo, aunque los otros no parecían muy dispuestos a creerle. Tampoco es que los tipos con capucha de piel de lobo fueran tan comunes.
Viendo que la conversación no iba a ninguna parte, Denay propinó un brutal puñetazo a su paisano que le derribó al suelo. El silbido del acero saliendo de su funda sonó por doquier. Alta diplomacia kehay en acción. Malditos fueran aquellos salvajes, pero que le ahorcaran si no se unía al combate.
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martes, 4 de mayo de 2010
martes, 20 de abril de 2010
Alas de dragón VIII
VIII
El cielo mostraba una miríada de colores. El negro se tornaba en violeta, que se volvía un rojo intenso, y naranja después, mientras que el sol salía de su descanso nocturno. Quizás no era el momento más sagrado de su diosa, pero incluso un clérigo de Shiva podía apreciar la belleza del amanecer. En parte porque era junto con el atardecer uno de los momentos en los que su fría dama se encontraba con su marido, Pelor, pero sobre todo porque hacía apenas un mes que había estado muerto. Desde que habían logrado resucitarlo, todo parecía más luminoso y agradable, y se sentía más optimista. No sabía cuánto tiempo le duraría, pero esperaba que fuera mucho.
Al día siguiente de su resurrección, su discípulo se había marchado, dejando sólo una nota sin demasiados detalles, pero no había estado sólo. Desde su aventura, había trabado una cierta relación con Gilian y con el orfanato al que ayudaba, así como con Thorcrim, que seguía buscando algún maestro herrero enano que completara su formación. Los dos le habían visitado de vez en cuando. Cora y Denay también se habían marchado, como guardianes de una caravana comercial, y no había vuelto a saber de ellos desde que partieron.
En esas estaba cuando escuchó el rítmico sonido de las corazas de mallas y placas, y se vio rodeado de cuatro miembros de la temida Guardia Carmesí, de bajo rango, a juzgar por sus armaduras poco ornamentadas. La Guardia Carmesí no sería el cuerpo más apreciado ni disciplinado del ejército de Alexandria, pero sí uno de los más temidos. Se les consideraba los puños de hierro de la reina, que cada vez con más frecuencia, utilizaba sin miramientos. Que estuvieran allí sólo podía significar una cosa. Problemas, graves problemas.
El que parecía el líder, un tipo con un peto de placas y la cara surcada de cicatrices, le ordenó que depusiera las armas y se rindiera, pues la reina había dado orden de arrestarlo, acusado de espionaje. Los cargos eran sencillamente ridículos, pero algo en su interior le dijo que si acompañaba a aquellos hombres jamás volvería a ser visto, así que se dispuso a vender cara su vida.
Aquello habría sido su fin si no fuera porque, providencialmente, Thorcrim y Gilian habían decidido visitarlo aquella misma mañana. El enano iba enfundado en una flamante coraza de bandas de acero, y portaba un hacha de combate, también nueva. Se lanzó de cabeza contra la retaguardia de los guardias, embistiendo a un tipo cetrino con cota de mallas que llevaba un arco, antes de emprenderla a hachazos, que el individuo repelía a duras penas con una espada corta. No sería la técnica más sutil ni elegante del mundo, pero parecía efectiva. La primera noticia que tuvieron de la halfling fue un pequeño virote de ballesta clavándose en el costado del líder de los guardias, en la juntura entre dos placas. Aprovechando el impulso inicial, presionaron a los guardias hasta que abatieron a tres de ellos, y el cuarto optó por la retirada, sin duda en dirección al acuartelamiento más cercano, así que los tres compañeros corrieron como alma que lleva el diablo hacia las afueras de la ciudad. Aunque lograran probar su inocencia, habían matado a tres guardias. No podrían regresar jamás.
Acababan de dejar atrás las últimas casas de los suburbios cuando se encontraron de cara con Daemigoth, Cora y Denay, que, cosas del destino, regresaban en esos momentos. En pocas palabras, y sin dejar de caminar a paso ligero, les informaron de lo sucedido, y decidieron refugiarse en el bosque del sureste, donde Xhaena les podría dar consejo sobre qué hacer.
Cuando se encontraban en las afueras del bosque de repente el cielo se oscureció. Los compañeros alzaron la vista hacia el cielo y contemplaron anonadados un espectáculo que se resistían a creer. Decenas, centenares de barcos voladores, surcaban majestuosamente el aire, batiendo sus alas propulsoras con movimientos rítmicos y acompasados, en vez del traqueteo con el que se solían mover esas creaciones mecánicas, mientras el sol destelleaba en los rutilantes refuerzos metálicos de las naves. Se dirigían hacia el este, hacia Sanlhoria. La patria de Garret.
Aquello era imposible. Alexandria jamás había poseído una flota semejante. Sólo unos cuantos ingenieros gnomos conocían los secretos de la construcción de los motores de aquellos barcos, y muy pocos de ellos trabajaban para un reino que no fuera Sanlhoria. Se suponía que el aquel reino no podía movilizar más de un centenar, pero estaban contemplando al menos cinco veces aquella cantidad.
Era imposible. Era una locura. Era… el principio de una guerra.
Demasiado asombrados para pronunciar una sola palabra, corrieron hacia el bosque en busca del sabio consejo de Xhaena. Garret maldijo en voz baja. Se le había terminado el optimismo.
El cielo mostraba una miríada de colores. El negro se tornaba en violeta, que se volvía un rojo intenso, y naranja después, mientras que el sol salía de su descanso nocturno. Quizás no era el momento más sagrado de su diosa, pero incluso un clérigo de Shiva podía apreciar la belleza del amanecer. En parte porque era junto con el atardecer uno de los momentos en los que su fría dama se encontraba con su marido, Pelor, pero sobre todo porque hacía apenas un mes que había estado muerto. Desde que habían logrado resucitarlo, todo parecía más luminoso y agradable, y se sentía más optimista. No sabía cuánto tiempo le duraría, pero esperaba que fuera mucho.
Al día siguiente de su resurrección, su discípulo se había marchado, dejando sólo una nota sin demasiados detalles, pero no había estado sólo. Desde su aventura, había trabado una cierta relación con Gilian y con el orfanato al que ayudaba, así como con Thorcrim, que seguía buscando algún maestro herrero enano que completara su formación. Los dos le habían visitado de vez en cuando. Cora y Denay también se habían marchado, como guardianes de una caravana comercial, y no había vuelto a saber de ellos desde que partieron.
En esas estaba cuando escuchó el rítmico sonido de las corazas de mallas y placas, y se vio rodeado de cuatro miembros de la temida Guardia Carmesí, de bajo rango, a juzgar por sus armaduras poco ornamentadas. La Guardia Carmesí no sería el cuerpo más apreciado ni disciplinado del ejército de Alexandria, pero sí uno de los más temidos. Se les consideraba los puños de hierro de la reina, que cada vez con más frecuencia, utilizaba sin miramientos. Que estuvieran allí sólo podía significar una cosa. Problemas, graves problemas.
El que parecía el líder, un tipo con un peto de placas y la cara surcada de cicatrices, le ordenó que depusiera las armas y se rindiera, pues la reina había dado orden de arrestarlo, acusado de espionaje. Los cargos eran sencillamente ridículos, pero algo en su interior le dijo que si acompañaba a aquellos hombres jamás volvería a ser visto, así que se dispuso a vender cara su vida.
Aquello habría sido su fin si no fuera porque, providencialmente, Thorcrim y Gilian habían decidido visitarlo aquella misma mañana. El enano iba enfundado en una flamante coraza de bandas de acero, y portaba un hacha de combate, también nueva. Se lanzó de cabeza contra la retaguardia de los guardias, embistiendo a un tipo cetrino con cota de mallas que llevaba un arco, antes de emprenderla a hachazos, que el individuo repelía a duras penas con una espada corta. No sería la técnica más sutil ni elegante del mundo, pero parecía efectiva. La primera noticia que tuvieron de la halfling fue un pequeño virote de ballesta clavándose en el costado del líder de los guardias, en la juntura entre dos placas. Aprovechando el impulso inicial, presionaron a los guardias hasta que abatieron a tres de ellos, y el cuarto optó por la retirada, sin duda en dirección al acuartelamiento más cercano, así que los tres compañeros corrieron como alma que lleva el diablo hacia las afueras de la ciudad. Aunque lograran probar su inocencia, habían matado a tres guardias. No podrían regresar jamás.
Acababan de dejar atrás las últimas casas de los suburbios cuando se encontraron de cara con Daemigoth, Cora y Denay, que, cosas del destino, regresaban en esos momentos. En pocas palabras, y sin dejar de caminar a paso ligero, les informaron de lo sucedido, y decidieron refugiarse en el bosque del sureste, donde Xhaena les podría dar consejo sobre qué hacer.
Cuando se encontraban en las afueras del bosque de repente el cielo se oscureció. Los compañeros alzaron la vista hacia el cielo y contemplaron anonadados un espectáculo que se resistían a creer. Decenas, centenares de barcos voladores, surcaban majestuosamente el aire, batiendo sus alas propulsoras con movimientos rítmicos y acompasados, en vez del traqueteo con el que se solían mover esas creaciones mecánicas, mientras el sol destelleaba en los rutilantes refuerzos metálicos de las naves. Se dirigían hacia el este, hacia Sanlhoria. La patria de Garret.
Aquello era imposible. Alexandria jamás había poseído una flota semejante. Sólo unos cuantos ingenieros gnomos conocían los secretos de la construcción de los motores de aquellos barcos, y muy pocos de ellos trabajaban para un reino que no fuera Sanlhoria. Se suponía que el aquel reino no podía movilizar más de un centenar, pero estaban contemplando al menos cinco veces aquella cantidad.
Era imposible. Era una locura. Era… el principio de una guerra.
Demasiado asombrados para pronunciar una sola palabra, corrieron hacia el bosque en busca del sabio consejo de Xhaena. Garret maldijo en voz baja. Se le había terminado el optimismo.
viernes, 9 de abril de 2010
Alas de Dragón VII
VII
Salir de la cueva donde habían permanecido una interminable semana fue un camino penoso, lejos de la liberación que habían pensado que sería. Estaban todos destrozados, tanto física como emocionalmente. Con la ayuda del bárbaro, Daemigoth cargaba con el cadáver del que había sido su mentor y amigo, mientras que el enano y Cora llevaban el del discípulo de Xhaena. Sólo les quedaba la esperanza de que la recompensa por el cien veces maldito rubí fuera suficiente para pagar su resurrección. Y si podía ser, la del explorador, claro.
Tras casi un día de marcha, llegaron a Alexandria, donde se dirigieron al templo de St Cuthbert, para ver si su exigua recompensa bastaba para pagar la resurrección. No le hacía ninguna gracia ese lugar. Los clérigos no veían la competencia con muy buenos ojos, así que Garret nunca había sido muy popular por allí. Además, los devotos del también llamado dios verdugo veneraban la ley, no la justicia, así que la compasión no era uno de sus puntos fuertes, precisamente. No era uno de los cultos más apreciados en los barrios bajos donde se había criado.
Les reclamaron dos mil piezas de oro por resucitarles, y eso que les hacían precio especial por haber caído al servicio del palacio, según dijo el clérigo. Aquello era más dinero del que cualquiera de ellos había visto en su vida, y salvo milagro, estaba claro que la recompensa no iba ser ni de lejos tan generosa. Cuando se disponían a marcharse, el clérigo se fijó en la capa con unas alas bordadas que habían encontrado en la caverna, e inmediatamente se ofreció a resucitar a los dos a cambio de la misma. No había que ser un genio para darse cuenta de que aquel cabrón codicioso e insensible sabía que la capa valía mucho más. Daemigoth se puso enfermo, después de todo lo que habían hecho por esa panda de desagradecidos, ahora además intentaban timarles. Muy a regañadientes, se calló. Si tenían que dejar que les jodieran por recuperar a Garret, que así fuera. Desgraciadamente, el bárbaro no tuvo el sentido común de resignarse e insultó al clérigo. “Comadreja codiciosa” fue lo más suave que le soltó, y después, evidentemente, les echaron a patadas. Aunque Daemigoth podría haber firmado todas y cada una de las palabras que el salvaje dijo, estuvo a punto de intentar estrangular a ese tipo por negarle a oportunidad de revivir a su mentor.
Después fueron al palacio, donde casi inmediatamente fueron recibidos. Por suerte, el kehay prefirió quedarse fuera, lo que estuvo bien para evitar más conflictos por su falta de tacto. No era que Daemigoth esperara un desfile de bienvenida, pero el trato que allí recibieron fue menos que correcto. Les recibió un secretario de aspecto cetrino, que les reclamó el rubí y les entregó una bolsa con quinientas piezas de oro. Cuando le intentaron explicar que con aquello apenas pagarían la mitad de una de las dos resurrecciones que necesitaban, con unos gélidos modales, les invitó a que se marcharan, lo cual era el modo fino de mandarles a la mierda. Estaba claro que la muerte de Garret no le iba a quitar el sueño a nadie en ese palacio.
O eso pensaban , porque cuando estaban a punto de salir se encontraron con una muchacha, vestida ricamente. Cuando se quitó la capucha de su capa roja, el enano y Gilian la reconocieron como la princesa Neivah, la sucesora al trono de Alexandria. A Daemigoth le pareció una chica muy guapa, con cara agradable y pelo moreno, que además, al contrario que todos los demás en ese maldito edificio, no les trató como si fueran un montón de basura. En pocas palabras, les dijo que era injusto que después de todo lo que habían hecho no pudieran ni recuperar a sus compañeros caídos, así que les dio un colgante con el que deberían poder pagar las resurrecciones y se fue sin más. Parecía que no quería que nadie la viera ayudando a los aventureros.
Daemigoht pensó que igual temía que si se corría la voz de que no era una cabrona sin sentimientos igual la desheredaban, viendo como era el plan general en ese lugar.
Regresaron al templo de St Cuthbert, donde las estimaciones de la princesa fueron correctas, y aquel atajo de codiciosos despiadados accedieron a revivir a Garret y al otro. Las tres horas que duró el complejo ritual fueron de una agónica espera. Daemigoht no sabía casi nada sobre el proceso, ya que estaba mucho más allá de las capacidades de su mentor, pero había oído que no siempre funcionaba, así que después de haber entregado algo que valía diez veces más que todas sus posesiones juntas, incluida su casa, resultaba que no había garantías.
Tras una espera que se le hicieron interminables, Garret y el aprendiz de Xhaena aparecieron caminado tranquilamente por la puerta, un poco pálidos, pero con un aspecto aceptable. Y bueno, estaban vivos, que no era poco. Después de esto, todos estuvieron más aliviados de lo que nadie pudo expresar. Repartieron el resto de la recompensa y se dispersaron por toda la ciudad para hacer compras. Aquella noche había fiesta, y tenían mucho que celebrar.
La fiesta duró toda la noche, y fue muy divertida. Fue agradable ver a los que habían sido sus compañeros en un contexto distinto de luchar por sus propias vidas, y Garret acabó totalmente borracho, tras haber intentado seguir el ritmo de bebida del enano, que dos horas más tarde también acabó por los suelos. Él mismo acabó algo achispado, y encontrando agradable compañía a lo largo de la noche.
Sin embargo, se mantuvo lo bastante sobrio para no cambiar de opinión sobre una decisión que llevaba algún tiempo madurando. A la mañana siguiente, dejando solamente una nota para Garret, Daemigoth abandonó Alexandria. Había decidido dirigirse a un monasterio que había en las montañas al este. Sentía que debía aprender autodisciplina si quería tener una oportunidad de dominar realmente su poco corriente don, y esperaba que allí pudieran enseñársela. Por segunda vez en una semana, cogió sus escasas posesiones y abandonó su hogar.
Salir de la cueva donde habían permanecido una interminable semana fue un camino penoso, lejos de la liberación que habían pensado que sería. Estaban todos destrozados, tanto física como emocionalmente. Con la ayuda del bárbaro, Daemigoth cargaba con el cadáver del que había sido su mentor y amigo, mientras que el enano y Cora llevaban el del discípulo de Xhaena. Sólo les quedaba la esperanza de que la recompensa por el cien veces maldito rubí fuera suficiente para pagar su resurrección. Y si podía ser, la del explorador, claro.
Tras casi un día de marcha, llegaron a Alexandria, donde se dirigieron al templo de St Cuthbert, para ver si su exigua recompensa bastaba para pagar la resurrección. No le hacía ninguna gracia ese lugar. Los clérigos no veían la competencia con muy buenos ojos, así que Garret nunca había sido muy popular por allí. Además, los devotos del también llamado dios verdugo veneraban la ley, no la justicia, así que la compasión no era uno de sus puntos fuertes, precisamente. No era uno de los cultos más apreciados en los barrios bajos donde se había criado.
Les reclamaron dos mil piezas de oro por resucitarles, y eso que les hacían precio especial por haber caído al servicio del palacio, según dijo el clérigo. Aquello era más dinero del que cualquiera de ellos había visto en su vida, y salvo milagro, estaba claro que la recompensa no iba ser ni de lejos tan generosa. Cuando se disponían a marcharse, el clérigo se fijó en la capa con unas alas bordadas que habían encontrado en la caverna, e inmediatamente se ofreció a resucitar a los dos a cambio de la misma. No había que ser un genio para darse cuenta de que aquel cabrón codicioso e insensible sabía que la capa valía mucho más. Daemigoth se puso enfermo, después de todo lo que habían hecho por esa panda de desagradecidos, ahora además intentaban timarles. Muy a regañadientes, se calló. Si tenían que dejar que les jodieran por recuperar a Garret, que así fuera. Desgraciadamente, el bárbaro no tuvo el sentido común de resignarse e insultó al clérigo. “Comadreja codiciosa” fue lo más suave que le soltó, y después, evidentemente, les echaron a patadas. Aunque Daemigoth podría haber firmado todas y cada una de las palabras que el salvaje dijo, estuvo a punto de intentar estrangular a ese tipo por negarle a oportunidad de revivir a su mentor.
Después fueron al palacio, donde casi inmediatamente fueron recibidos. Por suerte, el kehay prefirió quedarse fuera, lo que estuvo bien para evitar más conflictos por su falta de tacto. No era que Daemigoth esperara un desfile de bienvenida, pero el trato que allí recibieron fue menos que correcto. Les recibió un secretario de aspecto cetrino, que les reclamó el rubí y les entregó una bolsa con quinientas piezas de oro. Cuando le intentaron explicar que con aquello apenas pagarían la mitad de una de las dos resurrecciones que necesitaban, con unos gélidos modales, les invitó a que se marcharan, lo cual era el modo fino de mandarles a la mierda. Estaba claro que la muerte de Garret no le iba a quitar el sueño a nadie en ese palacio.
O eso pensaban , porque cuando estaban a punto de salir se encontraron con una muchacha, vestida ricamente. Cuando se quitó la capucha de su capa roja, el enano y Gilian la reconocieron como la princesa Neivah, la sucesora al trono de Alexandria. A Daemigoth le pareció una chica muy guapa, con cara agradable y pelo moreno, que además, al contrario que todos los demás en ese maldito edificio, no les trató como si fueran un montón de basura. En pocas palabras, les dijo que era injusto que después de todo lo que habían hecho no pudieran ni recuperar a sus compañeros caídos, así que les dio un colgante con el que deberían poder pagar las resurrecciones y se fue sin más. Parecía que no quería que nadie la viera ayudando a los aventureros.
Daemigoht pensó que igual temía que si se corría la voz de que no era una cabrona sin sentimientos igual la desheredaban, viendo como era el plan general en ese lugar.
Regresaron al templo de St Cuthbert, donde las estimaciones de la princesa fueron correctas, y aquel atajo de codiciosos despiadados accedieron a revivir a Garret y al otro. Las tres horas que duró el complejo ritual fueron de una agónica espera. Daemigoht no sabía casi nada sobre el proceso, ya que estaba mucho más allá de las capacidades de su mentor, pero había oído que no siempre funcionaba, así que después de haber entregado algo que valía diez veces más que todas sus posesiones juntas, incluida su casa, resultaba que no había garantías.
Tras una espera que se le hicieron interminables, Garret y el aprendiz de Xhaena aparecieron caminado tranquilamente por la puerta, un poco pálidos, pero con un aspecto aceptable. Y bueno, estaban vivos, que no era poco. Después de esto, todos estuvieron más aliviados de lo que nadie pudo expresar. Repartieron el resto de la recompensa y se dispersaron por toda la ciudad para hacer compras. Aquella noche había fiesta, y tenían mucho que celebrar.
La fiesta duró toda la noche, y fue muy divertida. Fue agradable ver a los que habían sido sus compañeros en un contexto distinto de luchar por sus propias vidas, y Garret acabó totalmente borracho, tras haber intentado seguir el ritmo de bebida del enano, que dos horas más tarde también acabó por los suelos. Él mismo acabó algo achispado, y encontrando agradable compañía a lo largo de la noche.
Sin embargo, se mantuvo lo bastante sobrio para no cambiar de opinión sobre una decisión que llevaba algún tiempo madurando. A la mañana siguiente, dejando solamente una nota para Garret, Daemigoth abandonó Alexandria. Había decidido dirigirse a un monasterio que había en las montañas al este. Sentía que debía aprender autodisciplina si quería tener una oportunidad de dominar realmente su poco corriente don, y esperaba que allí pudieran enseñársela. Por segunda vez en una semana, cogió sus escasas posesiones y abandonó su hogar.
martes, 9 de marzo de 2010
Alas de dragón VI
VI
El túnel permanecía n un silencio casi absoluto, si se hacía la excepción de los rítmicos ronquidos del enano. Todos dormían, excepto la arquera élfa, que permanecía en el trance en el que los de su raza se sumían en sustitución del sueño, y elbárbaro a quien conocían como Denay. Este se revolvió incómodo. Había sido incapaz de dormir, aunque esa era la menor de sus incomodidades. Lo peor eran los roces de su disfraz, y un cierto sentimiento de culpabilidad. Porque nada en el guerrero humano kehay llamado Denay era cierto. Jamás había recibido nada parecido a una instrucción en combate. Tampoco era kehay, ya que pertenecía al pueblo de los sirvientes sometidos, los mecdos, aunque una parte de su sangre sí que era kehay. Ni siquiera era del todo humano, ya que la otra mitad de su sangre era élfica. Y, sobre todo, no era él, sino ella, y su nombre no era Denay, sino Danelle.
Odiaba con todo su ser cada segundo que había pasado con aquel corsé de cuero y metal que ocultaba sus formas femeninas y ensanchaba sus hombros y su cintura. Apenas le dejaba respirar, y le había dejado los muslos y las axilas en carne viva. La especie de bozal que le cubría media cara apenas la dejaba mover la cabeza con libertad, pero lo necesitaba, no sólo para ocultar sus facciones, sino para ayudarla a distorsionar su voz. Se sentía sucia después de más de una semana sin poder asearse en condiciones, y algo culpable por no contarle a sus compañeros su verdadera identidad.
Pero no podía fiarse de ellos. No parecían malas personas, pero eran mercenarios, y si se enteraban de que había una recompensa por devolverla a los Páramos del Norte, lo más seguro era que no dudaran en capturarla y envolverla para regalo para entregársela a su cruel padre. Su madre siempre le había dicho que era difícil saber qué podían llegar a hacer las personas cuando había oro de por medio. Y si se hablaba de enanos, famosos por su sed de metales preciosos, la cosa era incluso peor. De todas formas, de una forma u otra, todo iba a acabar en breve. Si de algún modo lograban completar esa estúpida misión, se dispersarían y no se volverían a ver jamás. Y si no, bueno, estarían todos muertos, lo que, visto por el lado bueno, significaría que sus problemas dejarían de tener importancia.
Xhaena había sido la única que había sabido ver más allá de su disfraz, y había descubierto su identidad, aunque sabía que su secreto estaba a salvo con ella. La druida le había impresionado profundamente. Aunque apenas había hablado con ella unas horas, sentía que era una de las personas más generosas que había conocido, y sin duda la más sabia.
Mientras estaba ocupada con esos pensamientos, de uno en uno, sus compañeros se fueron despertando. Sin decir una palabra, se dispusieron delante de las puertas de bronce de doble hoja que se alzaban ante ellos. Estaban cerradas con llave, por lo que la halfling, Gilian, sacó unas ganzúas de su bolsillo y comenzó a hurgar con ellas en la cerradura. De repente so oyó un chasquido seco y una fiera llamarada salió de un minúsculo agujerito encima de la cerradura, abrasando a la pobre mediana, que quedó seriamente herida. Garret tuvo que emplear casi todas sus reservas mágicas para sanarla. Aunque, quedó en un estado aceptable, la magia no hizo que la volvieran a crecer las cejas. Aquello no era lo que se decía un gran comienzo.
Después, con mucho cuidado, lograron abrir la puerta. Y cuando lo hicieron, se les cayó el alma a los pies. Estaban en una enorme sala sobriamente decorada, el primer lugar limpio y ordenado que habían visto en una semana. En el centro había una piscina poco profunda. Y en la piscina, una gigantesca criatura reptiliana, con cinco cabezas. Detrás de ella había un elfo de aspecto siniestro, vestido con una túnica negra, que sonreía sádicamente. Resultaba obvio que les estaba esperando.
El desconocido, que se presentó como Dark Smare, les dedicó un aplauso sardónico y les felicitó por haber llegado pese a los impedimentos que había puesto en el camino. Incluso se ofreció a devolverles el rubí si vencían a su mascota, ya que, fuera lo que fuese que pretendiera hacer con él, ya lo había logrado.
Aquella demostración de cinismo hizo que la sangre hirviera en las venas de Dannelle. Otra parte de ella, la más lógica, pensó que no tenían posibilidad alguna contra ese monstruo, y menos aún contra ese elfo, si realmente era suficientemente poderoso para dominar a la hidra. Su única posibilidad era huir. Estaban perdidos si intentaban atacar a aquella criatura. Habría sido una locura el intentarlo siquiera. Algo en contra de toda lógica.
El último pensamiento medianamente racional que tuvo Dannelle antes de que su rabia más primaria se apoderara de ella fue que la lógica estaba sobrevalorada. Cargó contra el monstruo sin titubear mientras gritaba como una maníaca.
Las cabezas de la hidra se abalanzaron sobre la insensata semielfa, veloces y mortíferas como un rayo, pero sólo una de ellas logró morderla en un hombro, lo que no fue suficiente para detener aquella carga berséker. La enfurecida bárbara llegó hasta el pecho de la bestia, y descargó un salvaje mandoblazo contra uno de los cuellos. Su correspondiente cabeza aulló de dolor, pero el monstruo se dispuso a contraatacar. En ese momento, el resto de compañeros se pusieron en marcha. Daemigoth lanzó un multicolor proyectil mágico contra el hechicero, mientras que Cora y Gilian dispararon contra a la bestia. Garret y Thorcrim cargaron contra el monstruo, siendo ambos recibidos por una barrera de cabezas enfurecidas. El enano fue seriamente herido, pero ya fuera por resistencia o por simple terquedad, siguió luchando, mientras que el clérigo golpeaba una de las cabezas una y otra vez con su maza, hasta que otra logró morderle con fuerza el torso, levantándolo en vilo. Siguió golpeando con sus últimas fuerzas mientras la hidra mordía una y otra vez, hasta que cayó inerte al suelo.
Otras dos cabezas se habían centrado en Thorcrim que, adiestrado para defenderse de atacantes más altos que él, evitaba la peor parte de la furia del monstruo con su escudo, mientras que asestaba potentes martillazos en cada ocasión que tenía, hasta que finalmente fue derribado por los proyectiles mágicos que lanzaba Dark Smare.
Daemigoth se abalanzó contra el malvado hechicero, mientras Gilian y Cora le daban fuego de apoyo. Tras ser herido levemente, Smare dejó caer el rubí y tras amenazar con que volvería, despareció en medio de un fulgurante destello.
Mientras tanto, Dannelle seguía atacando los cuellos de la hidra con su mandoble con la fiereza de una valkiria. Ya había cortado de cuajo dos de las cinco cabezas. Había recibido innumerables heridas, pero inexplicablemente seguía en pie, luchando, sacando fuerzas de flaqueza.
Finalmente, Daemigoth saltó con su lanza sobre el lomo de la bestia, desde el podio que había ocupado Smare, mientras que Cora y Gilian la asaetaban sin descanso. Sólo entonces el monstruo cayó.
Dannelle no tuvo tiempo de celebrar la victoria. A medida que la ira y el miedo de la batalla se desvanecía, hicieron lo mismo las últimas reservas de energía interior que le quedaban. El mundo se oscureció súbitamente y cayó al suelo inconsciente.
El túnel permanecía n un silencio casi absoluto, si se hacía la excepción de los rítmicos ronquidos del enano. Todos dormían, excepto la arquera élfa, que permanecía en el trance en el que los de su raza se sumían en sustitución del sueño, y elbárbaro a quien conocían como Denay. Este se revolvió incómodo. Había sido incapaz de dormir, aunque esa era la menor de sus incomodidades. Lo peor eran los roces de su disfraz, y un cierto sentimiento de culpabilidad. Porque nada en el guerrero humano kehay llamado Denay era cierto. Jamás había recibido nada parecido a una instrucción en combate. Tampoco era kehay, ya que pertenecía al pueblo de los sirvientes sometidos, los mecdos, aunque una parte de su sangre sí que era kehay. Ni siquiera era del todo humano, ya que la otra mitad de su sangre era élfica. Y, sobre todo, no era él, sino ella, y su nombre no era Denay, sino Danelle.
Odiaba con todo su ser cada segundo que había pasado con aquel corsé de cuero y metal que ocultaba sus formas femeninas y ensanchaba sus hombros y su cintura. Apenas le dejaba respirar, y le había dejado los muslos y las axilas en carne viva. La especie de bozal que le cubría media cara apenas la dejaba mover la cabeza con libertad, pero lo necesitaba, no sólo para ocultar sus facciones, sino para ayudarla a distorsionar su voz. Se sentía sucia después de más de una semana sin poder asearse en condiciones, y algo culpable por no contarle a sus compañeros su verdadera identidad.
Pero no podía fiarse de ellos. No parecían malas personas, pero eran mercenarios, y si se enteraban de que había una recompensa por devolverla a los Páramos del Norte, lo más seguro era que no dudaran en capturarla y envolverla para regalo para entregársela a su cruel padre. Su madre siempre le había dicho que era difícil saber qué podían llegar a hacer las personas cuando había oro de por medio. Y si se hablaba de enanos, famosos por su sed de metales preciosos, la cosa era incluso peor. De todas formas, de una forma u otra, todo iba a acabar en breve. Si de algún modo lograban completar esa estúpida misión, se dispersarían y no se volverían a ver jamás. Y si no, bueno, estarían todos muertos, lo que, visto por el lado bueno, significaría que sus problemas dejarían de tener importancia.
Xhaena había sido la única que había sabido ver más allá de su disfraz, y había descubierto su identidad, aunque sabía que su secreto estaba a salvo con ella. La druida le había impresionado profundamente. Aunque apenas había hablado con ella unas horas, sentía que era una de las personas más generosas que había conocido, y sin duda la más sabia.
Mientras estaba ocupada con esos pensamientos, de uno en uno, sus compañeros se fueron despertando. Sin decir una palabra, se dispusieron delante de las puertas de bronce de doble hoja que se alzaban ante ellos. Estaban cerradas con llave, por lo que la halfling, Gilian, sacó unas ganzúas de su bolsillo y comenzó a hurgar con ellas en la cerradura. De repente so oyó un chasquido seco y una fiera llamarada salió de un minúsculo agujerito encima de la cerradura, abrasando a la pobre mediana, que quedó seriamente herida. Garret tuvo que emplear casi todas sus reservas mágicas para sanarla. Aunque, quedó en un estado aceptable, la magia no hizo que la volvieran a crecer las cejas. Aquello no era lo que se decía un gran comienzo.
Después, con mucho cuidado, lograron abrir la puerta. Y cuando lo hicieron, se les cayó el alma a los pies. Estaban en una enorme sala sobriamente decorada, el primer lugar limpio y ordenado que habían visto en una semana. En el centro había una piscina poco profunda. Y en la piscina, una gigantesca criatura reptiliana, con cinco cabezas. Detrás de ella había un elfo de aspecto siniestro, vestido con una túnica negra, que sonreía sádicamente. Resultaba obvio que les estaba esperando.
El desconocido, que se presentó como Dark Smare, les dedicó un aplauso sardónico y les felicitó por haber llegado pese a los impedimentos que había puesto en el camino. Incluso se ofreció a devolverles el rubí si vencían a su mascota, ya que, fuera lo que fuese que pretendiera hacer con él, ya lo había logrado.
Aquella demostración de cinismo hizo que la sangre hirviera en las venas de Dannelle. Otra parte de ella, la más lógica, pensó que no tenían posibilidad alguna contra ese monstruo, y menos aún contra ese elfo, si realmente era suficientemente poderoso para dominar a la hidra. Su única posibilidad era huir. Estaban perdidos si intentaban atacar a aquella criatura. Habría sido una locura el intentarlo siquiera. Algo en contra de toda lógica.
El último pensamiento medianamente racional que tuvo Dannelle antes de que su rabia más primaria se apoderara de ella fue que la lógica estaba sobrevalorada. Cargó contra el monstruo sin titubear mientras gritaba como una maníaca.
Las cabezas de la hidra se abalanzaron sobre la insensata semielfa, veloces y mortíferas como un rayo, pero sólo una de ellas logró morderla en un hombro, lo que no fue suficiente para detener aquella carga berséker. La enfurecida bárbara llegó hasta el pecho de la bestia, y descargó un salvaje mandoblazo contra uno de los cuellos. Su correspondiente cabeza aulló de dolor, pero el monstruo se dispuso a contraatacar. En ese momento, el resto de compañeros se pusieron en marcha. Daemigoth lanzó un multicolor proyectil mágico contra el hechicero, mientras que Cora y Gilian dispararon contra a la bestia. Garret y Thorcrim cargaron contra el monstruo, siendo ambos recibidos por una barrera de cabezas enfurecidas. El enano fue seriamente herido, pero ya fuera por resistencia o por simple terquedad, siguió luchando, mientras que el clérigo golpeaba una de las cabezas una y otra vez con su maza, hasta que otra logró morderle con fuerza el torso, levantándolo en vilo. Siguió golpeando con sus últimas fuerzas mientras la hidra mordía una y otra vez, hasta que cayó inerte al suelo.
Otras dos cabezas se habían centrado en Thorcrim que, adiestrado para defenderse de atacantes más altos que él, evitaba la peor parte de la furia del monstruo con su escudo, mientras que asestaba potentes martillazos en cada ocasión que tenía, hasta que finalmente fue derribado por los proyectiles mágicos que lanzaba Dark Smare.
Daemigoth se abalanzó contra el malvado hechicero, mientras Gilian y Cora le daban fuego de apoyo. Tras ser herido levemente, Smare dejó caer el rubí y tras amenazar con que volvería, despareció en medio de un fulgurante destello.
Mientras tanto, Dannelle seguía atacando los cuellos de la hidra con su mandoble con la fiereza de una valkiria. Ya había cortado de cuajo dos de las cinco cabezas. Había recibido innumerables heridas, pero inexplicablemente seguía en pie, luchando, sacando fuerzas de flaqueza.
Finalmente, Daemigoth saltó con su lanza sobre el lomo de la bestia, desde el podio que había ocupado Smare, mientras que Cora y Gilian la asaetaban sin descanso. Sólo entonces el monstruo cayó.
Dannelle no tuvo tiempo de celebrar la victoria. A medida que la ira y el miedo de la batalla se desvanecía, hicieron lo mismo las últimas reservas de energía interior que le quedaban. El mundo se oscureció súbitamente y cayó al suelo inconsciente.
sábado, 27 de febrero de 2010
Alas de Dragón V
V
A Cora no le gustaba ni un pelo el complejo de cuevas y túneles donde se habían metido. Se sentía como una rata en un laberinto. Aquel no era lugar para gente civilizada. Si es que quedaba algo de eso en el mundo. Con todo lo que había visto en la guerra civil de su tierra, tenía serias dudas al respecto.
La primera parte de su aventura había sido algo mejor. En un bosque, al aire libre. Eso no quería decir que hubiera sido fácil. Los cobardes y despreciables kobolds no habían cesado de acosarles con sus ruines pero peligrosas emboscadas. Suerte habían tenido de encontrarse con la señora del lugar, la druida Xhaena. Era una mujer impresionante, sabia, serena y de porte orgulloso. Lo que se supone que debía de ser un elfo. Era la primera de su raza que se había encontrado desde que huyera de su patria que no era otro triste refugiado descastado como ella. Xhaena no sólo les había ayudado y sanado sus heridas, sino que les había proporcionado otro compañero, su aprendiz, un explorador humano llamado Saiban.
Las noticias que les había dado no eran demasiado alentadoras. Una tribu de gnolls nómadas se había instalado en las ruinas del antiguo monasterio dos días atrás, pocas horas después de que hubieran pasado la halfling, el humano y el enano. Sus posibilidades de usar la misma entrada que los desaparecidos era por tanto nula, pero Xhaena les había hablado de una segunda entrada, una gruta natural que enlazaba con el complejo de cavernas que los antiguos monjes habían usado para construir sus catacumbas. También les advirtió que algo oscuro y antinatural moraba en aquel lugar desde hacía algún tiempo.
A la entrada de la cueva se encontraron con un grupo de kobolds. Una comadreja gigante que usaban de mascota había mordido a Denay, y el joven bárbaro había perdido mucha sangre y aún se encontraba débil. Un poco a regañadientes, Cora tuvo que admitir que se había preocupado un poco por la suerte del kehay. Aunque en batalla era agresivo y temerario, resultaba bastante agradable. Para ser humano, claro estaba.
Tras haberse enfrentado a unas extrañas criaturas que les habían emboscado desde el techo de la cueva, habían encontrado una puerta de madera con una especie de palanca a un lado. Al tirar de ella, la puerta se había abierto de golpe, dejando salir una auténtica riada. Al dispersarse las aguas, se encontraron con Gilian, la halfling y el enano, así como con el humano que era amigo de sus compañeros, que estaba inconsciente en el suelo. Los tres tenían un aspecto deplorable, pálido y arrugado. Por no hablar del enano, que con todo el pelo mojado corriéndole por la cara, le recordó a un chucho que alguien hubiera intentado ahogar en un río. A un perro bastante gordo y feo, añadió mentalmente, aunque, sensatamente, se abstuvo de decir nada.
Nadie estaba en condiciones de continuar, así que se atrincheraron lo mejor que pudieron en una habitación en ruinas llena de alambiques oxidados y polvorientos, y de tarros cuyos contenidos hacía tiempo que se habían convertido en polvo. Aquel lugar daba la impresión de llevar en ruinas desde la noche de los tiempos, aunque era probable que sólo llevara unas cuantas décadas en ese estado. Un siglo o dos como mucho. Pero las construcciones humanas no solían aguantar demasiado bien el paso del tiempo, al igual que aquellos que las habían edificado. Por alguna razón, ese pensamiento le resultó deprimente a la joven elfa.
Unas pocas horas más tarde, ya debía ser plena noche en el exterior, recibieron la inesperada visita de Timber, el lobo de Xhaena, que portaba unas bayas mágicas, regalo de su dueña, con las que lograron sanar al clérigo. Por desgracia, el estúpido humano había decidido salir al exterior para sus rezos matutinos en vez de realizarlos en la relativa seguridad de la sala donde se habían parapetado. Este ritual era necesario para restaurar sus poderes sanadores, de los que andaban desesperadamente necesitados. El clérigo fue emboscado por dos esqueletos animados, que volvieron a dejarlo inconsciente, y suerte tuvo de que el bárbaro, Denay, hubiera decidido acompañarlo. Cora se preguntó en qué clase de mundo enloquecido podía un salvaje superar en sentido común a un sacerdote instruido.
Además, la presencia de los esqueletos era más que perturbadora. Aunque no era ninguna experta, se suponía que los no muertos sólo podían subsistir en un puñado de lugares esparcidos por todo el mundo, aquellos malditos en los que las energías necróticas se derramaban por el mundo. Y se suponía que aquellas catacumbas no eran en absoluto uno de esos lugares. Presintió que algo estaba yendo terriblemente mal en aquel lugar. No se sintió muy optimista en ese momento, y su ánimo había decaído aún más cuando debieron permanecer dos días más en aquel espantoso lugar, sin nada que hacer salvo mirar las paredes. Se quedaron hasta que se recuperaron lo suficiente para estar en condiciones de continuar su misión con alguna mínima posibilidad.
Después de eso, habían sido emboscados por unas monstruosas arañas gigantes, que cerca estuvieron de acabar con ellos, y que dejaron a Saiban y Denay debilitados por su veneno. Aquello reforzó el presentimiento ominoso de la elfa. Las arañas, y en especial las gigantes, habían tenido un significado de mala premonición para los suyos desde la noche de los tiempos.
Siguieron avanzando hasta que poco después se encontraron cara acara con una docena de esqueletos, liderados por uno con una estatura que excedería los nueve pies, que probablemente habría pertenecido a un ogro tiempo atrás. Antes de que Garret pudiera reunir las energías luminosas, que harían retroceder a aquellas abominaciones, el gigantesco esqueleto se abalanzó sobre ellos. Saiban, el discípulo de Xhaena, había dado un paso al frente, pero no fue rival para el monstruoso no-muerto, que de un solo zarpazo le destrozó la garganta y le rompió el cuello, matándolo casi en el acto. Lo único que pudieron hacer por el infortunado muchacho fue vengarle, cuando Garret finalmente logró dispersar y paralizar a esas cosas con sus poderes sagrados.
Tras el combate, envolvieron respetuosamente a Saiban en su propia capa. Heridos y totalmente exhaustos, descansaron una pocas horas, contemplando unas enormes puertas bellamente labradas que se alzaban ante ellos. Fuera lo que fuese lo que había al otro lado, todos intuían que iba a ser el mayor desafío que se habían encontrado hasta el momento.
A Cora no le gustaba ni un pelo el complejo de cuevas y túneles donde se habían metido. Se sentía como una rata en un laberinto. Aquel no era lugar para gente civilizada. Si es que quedaba algo de eso en el mundo. Con todo lo que había visto en la guerra civil de su tierra, tenía serias dudas al respecto.
La primera parte de su aventura había sido algo mejor. En un bosque, al aire libre. Eso no quería decir que hubiera sido fácil. Los cobardes y despreciables kobolds no habían cesado de acosarles con sus ruines pero peligrosas emboscadas. Suerte habían tenido de encontrarse con la señora del lugar, la druida Xhaena. Era una mujer impresionante, sabia, serena y de porte orgulloso. Lo que se supone que debía de ser un elfo. Era la primera de su raza que se había encontrado desde que huyera de su patria que no era otro triste refugiado descastado como ella. Xhaena no sólo les había ayudado y sanado sus heridas, sino que les había proporcionado otro compañero, su aprendiz, un explorador humano llamado Saiban.
Las noticias que les había dado no eran demasiado alentadoras. Una tribu de gnolls nómadas se había instalado en las ruinas del antiguo monasterio dos días atrás, pocas horas después de que hubieran pasado la halfling, el humano y el enano. Sus posibilidades de usar la misma entrada que los desaparecidos era por tanto nula, pero Xhaena les había hablado de una segunda entrada, una gruta natural que enlazaba con el complejo de cavernas que los antiguos monjes habían usado para construir sus catacumbas. También les advirtió que algo oscuro y antinatural moraba en aquel lugar desde hacía algún tiempo.
A la entrada de la cueva se encontraron con un grupo de kobolds. Una comadreja gigante que usaban de mascota había mordido a Denay, y el joven bárbaro había perdido mucha sangre y aún se encontraba débil. Un poco a regañadientes, Cora tuvo que admitir que se había preocupado un poco por la suerte del kehay. Aunque en batalla era agresivo y temerario, resultaba bastante agradable. Para ser humano, claro estaba.
Tras haberse enfrentado a unas extrañas criaturas que les habían emboscado desde el techo de la cueva, habían encontrado una puerta de madera con una especie de palanca a un lado. Al tirar de ella, la puerta se había abierto de golpe, dejando salir una auténtica riada. Al dispersarse las aguas, se encontraron con Gilian, la halfling y el enano, así como con el humano que era amigo de sus compañeros, que estaba inconsciente en el suelo. Los tres tenían un aspecto deplorable, pálido y arrugado. Por no hablar del enano, que con todo el pelo mojado corriéndole por la cara, le recordó a un chucho que alguien hubiera intentado ahogar en un río. A un perro bastante gordo y feo, añadió mentalmente, aunque, sensatamente, se abstuvo de decir nada.
Nadie estaba en condiciones de continuar, así que se atrincheraron lo mejor que pudieron en una habitación en ruinas llena de alambiques oxidados y polvorientos, y de tarros cuyos contenidos hacía tiempo que se habían convertido en polvo. Aquel lugar daba la impresión de llevar en ruinas desde la noche de los tiempos, aunque era probable que sólo llevara unas cuantas décadas en ese estado. Un siglo o dos como mucho. Pero las construcciones humanas no solían aguantar demasiado bien el paso del tiempo, al igual que aquellos que las habían edificado. Por alguna razón, ese pensamiento le resultó deprimente a la joven elfa.
Unas pocas horas más tarde, ya debía ser plena noche en el exterior, recibieron la inesperada visita de Timber, el lobo de Xhaena, que portaba unas bayas mágicas, regalo de su dueña, con las que lograron sanar al clérigo. Por desgracia, el estúpido humano había decidido salir al exterior para sus rezos matutinos en vez de realizarlos en la relativa seguridad de la sala donde se habían parapetado. Este ritual era necesario para restaurar sus poderes sanadores, de los que andaban desesperadamente necesitados. El clérigo fue emboscado por dos esqueletos animados, que volvieron a dejarlo inconsciente, y suerte tuvo de que el bárbaro, Denay, hubiera decidido acompañarlo. Cora se preguntó en qué clase de mundo enloquecido podía un salvaje superar en sentido común a un sacerdote instruido.
Además, la presencia de los esqueletos era más que perturbadora. Aunque no era ninguna experta, se suponía que los no muertos sólo podían subsistir en un puñado de lugares esparcidos por todo el mundo, aquellos malditos en los que las energías necróticas se derramaban por el mundo. Y se suponía que aquellas catacumbas no eran en absoluto uno de esos lugares. Presintió que algo estaba yendo terriblemente mal en aquel lugar. No se sintió muy optimista en ese momento, y su ánimo había decaído aún más cuando debieron permanecer dos días más en aquel espantoso lugar, sin nada que hacer salvo mirar las paredes. Se quedaron hasta que se recuperaron lo suficiente para estar en condiciones de continuar su misión con alguna mínima posibilidad.
Después de eso, habían sido emboscados por unas monstruosas arañas gigantes, que cerca estuvieron de acabar con ellos, y que dejaron a Saiban y Denay debilitados por su veneno. Aquello reforzó el presentimiento ominoso de la elfa. Las arañas, y en especial las gigantes, habían tenido un significado de mala premonición para los suyos desde la noche de los tiempos.
Siguieron avanzando hasta que poco después se encontraron cara acara con una docena de esqueletos, liderados por uno con una estatura que excedería los nueve pies, que probablemente habría pertenecido a un ogro tiempo atrás. Antes de que Garret pudiera reunir las energías luminosas, que harían retroceder a aquellas abominaciones, el gigantesco esqueleto se abalanzó sobre ellos. Saiban, el discípulo de Xhaena, había dado un paso al frente, pero no fue rival para el monstruoso no-muerto, que de un solo zarpazo le destrozó la garganta y le rompió el cuello, matándolo casi en el acto. Lo único que pudieron hacer por el infortunado muchacho fue vengarle, cuando Garret finalmente logró dispersar y paralizar a esas cosas con sus poderes sagrados.
Tras el combate, envolvieron respetuosamente a Saiban en su propia capa. Heridos y totalmente exhaustos, descansaron una pocas horas, contemplando unas enormes puertas bellamente labradas que se alzaban ante ellos. Fuera lo que fuese lo que había al otro lado, todos intuían que iba a ser el mayor desafío que se habían encontrado hasta el momento.
martes, 23 de febrero de 2010
Alas de Dragón IV
IV
Gilian pensó que el tiempo estaba acabándose. Que estaban jodidos. No tenía ni idea del tiempo que llevaba en aquella maldita sala. Varios días, seguro, pero quizás sólo dos, quizás cuatro. A la halfling se le habían hecho más largos que un mes. Bastante malo era estar en una habitación sellada que se llenaba de agua a un ritmo agónicamente lento, en unas catacumbas abandonadas largo tiempo atrás, pero desde unas horas atrás Thorcrim y ella habían tenido que empezar a hacer auténticas virguerías para lograr que Garret siguiera respirando. El clérigo seguía grogui después del último combate, y en todo el tiempo transcurrido aún no se había despertado, aunque para lo que había que ver, casi que mejor para él. Si no fuera por el costrón de sangre seca que tenía en un lado de la cabeza, parecería que sólo estaba dormido. Qué cara de paz que tenía el jodío, pensó con amargura. Sólo le faltaba el pijamita y el osito de peluche. Y mientras tanto, el enano y ella tratando de apilar todos los muebles de la habitación para que siguiera teniendo la cabeza fuera del agua, y llevaban ya cerca de dos días sin dormir.
Los bardos solían hablar bien sobre los valientes clérigos que apoyaban a sus compañeros valientemente desde la primera línea de batalla, pero lo que sus canciones no decían era qué demonios hacía el resto cuando el que necesitaba ser remendado era precisamente el sanador.
Recapituló cómo habían llegado a meterse en esa situación. La habían llamado de palacio. Bueno, casi que la habían llevado a rastras, pero en cualquier caso necesitaban dinero para el orfanato, y rápido. Para su sorpresa, la llevaron ante la Reina Zane en persona. Le pareció uno de los seres más desagradables que había conocido, y eso que se había pasado media vida en los bajos fondos de las ciudades más duras de Areos. Mil veces peor que su aspecto era su histriónica y autocomplaciente risa. El caso era que quería que recuperaran una joya que le habían robado, un rubí enorme, pero que tenían información de que podía estar en las catacumbas de un monasterio abandonado. Dijo que no iba a mandar a la Guardia Alexandrina o a los rastreadores de St Coubert para buscar a un vulgar raterillo del tres al cuarto, así que la mandaría a ella y a otro mercenario, junto con un clérigo de Shiva. Por lo que sabía sobre la profesión, Gilian tenía serias dudas de que un vulgar raterillo hubiera sido capaz de colarse sin más en un lugar tan vigilado como el palacio, pero, sensatamente, se abstuvo de comentarlo. Eso sí, pensó para sus adentros que enviar a tres novatos contra alguien capaz de robar el rubí distaba de ser sensato. El problema era que no podía negarse, y comprendía demasiado bien que el que no regresaran jamás no era algo que le fuera a quitar el sueño a la reina. Simplemente se limitaría a enviar a otro grupo, quizás algo más experimentado. Se sentía como el gusano en el anzuelo, pero no quedaba otra.
El camino hacia el monasterio no fue demasiado complicado. Tras cruzar el bosque y enfrentarse a un grupo de goblins de aspecto miserable, a los que machacaron sin muchas complicaciones, llegaron al monasterio. Allí fue donde las cosas empezaron a tocerse. Lo primero, porque no encontraron ni rastro de los ladrones, y segundo, porque lo que sí se encontraron fue con toda una serie de monstruos que se habían instalado en el lugar. Orcos y arañas gigantes campaban por todas partes. Hubo un par de combates en los que pensó que no lo conseguirían.
Por suerte, Thorcrim y ella habían congeniado bien, y el enano atraía la atención de sus adversarios mientras ella buscaba un hueco en sus defensas. El tipo era duro, y encajaba bien los golpes. No le gustaba mucho hablar, pero ella tampoco es que fuera muy parlanchina, así que se llevaban bien. Además, parecía que tenía una cierta fijación con proteger cualquier cosa que fuera más pequeña que él, lo que le venía muy bien. Parecía buen tipo.
Garret tampoco es que hablara mucho, pero tampoco parecía mala persona. Estaba bien eso de tener algo de magia de sanación, para variar. Pero por desgracia el clérigo parecía tener la extraña habilidad de estar ahí donde hubiera un golpe, así que se tenía que curar a sí mismo más que a ningún otro.
Finalmente, en el último combate, Garret había recibido un mazazo en un lado de la cabeza y había quedado inconsciente. Afortunadamente, o eso pensaron en ese momento, se habían encontrado con un una sala con paredes mucho mejor trabajadas que el resto, que parecía más una cueva que túneles construidos por el hombre. Parecía un buen lugar donde descansar un poco, y falta les hacía. Pero apenas habían entrado, las puertas se habían sellado con gruesas losas de piedra y había comenzado a entrar agua. Poco a poco. Tan poco a poco que Gilian se preguntó qué clase de enfermo retorcido habría diseñado esa trampa. Ahora, casi tres días después de haber entrado, se les había acabado la comida, pero eso iba a dejar de ser un problema en breve Al menos, pensó con ironía, no les faltaría agua. El líquido elemento estaba a punto de llegar al techo.
Finalmente, le fallaron las fuerzas para seguir nadando, y lentamente comenzó a hundirse, hasta que la manaza de Thorcrim la cogió por el pescuezo y la subió a la superficie. Iba a decirle que la soltara, que no merecía la pena seguir luchando, cuando o oyó un ruido de piedra moviéndose. Y de repente, toda el agua que se había estado acumulando durante todo aquel tiempo se precipitó de golpe por la puerta, que alguien o algo había vuelto a abrir. La riada que se formó los arrastró sin remedio, hasta que al cabo de unos instantes, Gilian se encontró tirada de bruces en un pasillo, calada hasta los huesos y escupiendo el agua que había tragado. A su lado, Thorcrim maldecía dolorido mientras trataba de quitarse de encima a Garret, que había caído sobre él. Parecía un enorme perro de lanas mojado.
Hasta unos instantes más tarde no se percataron de que encontraba ante tres perfectos desconocidos, acompañados de Cora, la elfa que la había ayudado unos días atrás.
Gilian pensó que el tiempo estaba acabándose. Que estaban jodidos. No tenía ni idea del tiempo que llevaba en aquella maldita sala. Varios días, seguro, pero quizás sólo dos, quizás cuatro. A la halfling se le habían hecho más largos que un mes. Bastante malo era estar en una habitación sellada que se llenaba de agua a un ritmo agónicamente lento, en unas catacumbas abandonadas largo tiempo atrás, pero desde unas horas atrás Thorcrim y ella habían tenido que empezar a hacer auténticas virguerías para lograr que Garret siguiera respirando. El clérigo seguía grogui después del último combate, y en todo el tiempo transcurrido aún no se había despertado, aunque para lo que había que ver, casi que mejor para él. Si no fuera por el costrón de sangre seca que tenía en un lado de la cabeza, parecería que sólo estaba dormido. Qué cara de paz que tenía el jodío, pensó con amargura. Sólo le faltaba el pijamita y el osito de peluche. Y mientras tanto, el enano y ella tratando de apilar todos los muebles de la habitación para que siguiera teniendo la cabeza fuera del agua, y llevaban ya cerca de dos días sin dormir.
Los bardos solían hablar bien sobre los valientes clérigos que apoyaban a sus compañeros valientemente desde la primera línea de batalla, pero lo que sus canciones no decían era qué demonios hacía el resto cuando el que necesitaba ser remendado era precisamente el sanador.
Recapituló cómo habían llegado a meterse en esa situación. La habían llamado de palacio. Bueno, casi que la habían llevado a rastras, pero en cualquier caso necesitaban dinero para el orfanato, y rápido. Para su sorpresa, la llevaron ante la Reina Zane en persona. Le pareció uno de los seres más desagradables que había conocido, y eso que se había pasado media vida en los bajos fondos de las ciudades más duras de Areos. Mil veces peor que su aspecto era su histriónica y autocomplaciente risa. El caso era que quería que recuperaran una joya que le habían robado, un rubí enorme, pero que tenían información de que podía estar en las catacumbas de un monasterio abandonado. Dijo que no iba a mandar a la Guardia Alexandrina o a los rastreadores de St Coubert para buscar a un vulgar raterillo del tres al cuarto, así que la mandaría a ella y a otro mercenario, junto con un clérigo de Shiva. Por lo que sabía sobre la profesión, Gilian tenía serias dudas de que un vulgar raterillo hubiera sido capaz de colarse sin más en un lugar tan vigilado como el palacio, pero, sensatamente, se abstuvo de comentarlo. Eso sí, pensó para sus adentros que enviar a tres novatos contra alguien capaz de robar el rubí distaba de ser sensato. El problema era que no podía negarse, y comprendía demasiado bien que el que no regresaran jamás no era algo que le fuera a quitar el sueño a la reina. Simplemente se limitaría a enviar a otro grupo, quizás algo más experimentado. Se sentía como el gusano en el anzuelo, pero no quedaba otra.
El camino hacia el monasterio no fue demasiado complicado. Tras cruzar el bosque y enfrentarse a un grupo de goblins de aspecto miserable, a los que machacaron sin muchas complicaciones, llegaron al monasterio. Allí fue donde las cosas empezaron a tocerse. Lo primero, porque no encontraron ni rastro de los ladrones, y segundo, porque lo que sí se encontraron fue con toda una serie de monstruos que se habían instalado en el lugar. Orcos y arañas gigantes campaban por todas partes. Hubo un par de combates en los que pensó que no lo conseguirían.
Por suerte, Thorcrim y ella habían congeniado bien, y el enano atraía la atención de sus adversarios mientras ella buscaba un hueco en sus defensas. El tipo era duro, y encajaba bien los golpes. No le gustaba mucho hablar, pero ella tampoco es que fuera muy parlanchina, así que se llevaban bien. Además, parecía que tenía una cierta fijación con proteger cualquier cosa que fuera más pequeña que él, lo que le venía muy bien. Parecía buen tipo.
Garret tampoco es que hablara mucho, pero tampoco parecía mala persona. Estaba bien eso de tener algo de magia de sanación, para variar. Pero por desgracia el clérigo parecía tener la extraña habilidad de estar ahí donde hubiera un golpe, así que se tenía que curar a sí mismo más que a ningún otro.
Finalmente, en el último combate, Garret había recibido un mazazo en un lado de la cabeza y había quedado inconsciente. Afortunadamente, o eso pensaron en ese momento, se habían encontrado con un una sala con paredes mucho mejor trabajadas que el resto, que parecía más una cueva que túneles construidos por el hombre. Parecía un buen lugar donde descansar un poco, y falta les hacía. Pero apenas habían entrado, las puertas se habían sellado con gruesas losas de piedra y había comenzado a entrar agua. Poco a poco. Tan poco a poco que Gilian se preguntó qué clase de enfermo retorcido habría diseñado esa trampa. Ahora, casi tres días después de haber entrado, se les había acabado la comida, pero eso iba a dejar de ser un problema en breve Al menos, pensó con ironía, no les faltaría agua. El líquido elemento estaba a punto de llegar al techo.
Finalmente, le fallaron las fuerzas para seguir nadando, y lentamente comenzó a hundirse, hasta que la manaza de Thorcrim la cogió por el pescuezo y la subió a la superficie. Iba a decirle que la soltara, que no merecía la pena seguir luchando, cuando o oyó un ruido de piedra moviéndose. Y de repente, toda el agua que se había estado acumulando durante todo aquel tiempo se precipitó de golpe por la puerta, que alguien o algo había vuelto a abrir. La riada que se formó los arrastró sin remedio, hasta que al cabo de unos instantes, Gilian se encontró tirada de bruces en un pasillo, calada hasta los huesos y escupiendo el agua que había tragado. A su lado, Thorcrim maldecía dolorido mientras trataba de quitarse de encima a Garret, que había caído sobre él. Parecía un enorme perro de lanas mojado.
Hasta unos instantes más tarde no se percataron de que encontraba ante tres perfectos desconocidos, acompañados de Cora, la elfa que la había ayudado unos días atrás.
viernes, 22 de enero de 2010
Alas de Dragón III
III
Caía la tarde sobre los suburbios exteriores de la ciudad de Alexandria. En el interior de una pequeña casa, poco más que una cabaña, no muy diferente de todas las demás que la rodeaban, salvo por el emblema de una espada atravesando una luna helada pintado, sin demasiado arte, sobre el dintel de la puerta, un joven hechicero se echaba por fin a descansar. Estaba un poco aburrido, después de haber acabado sus tareas, más o menos, pero no podía salir de la casa porque le tocaba hacer de niñera del bárbaro que Garret y él, se habían encontrado dos días atrás, que seguía inconsciente. Qué demonios, pensó, estaba tremendamente aburrido.
Garret había comenzado a cuidar al bárbaro del norte, y pensaba que había sido víctima de algún conjuro bastante desagradable, porque no parecía tener ninguna herida física seria ni padecer ninguna enfermedad. Viendo que no le había matado y que no parecía empeorar con el tiempo, más bien lo contrario, Garret había deducido que lo que necesitaba aquel tipo no era más que unos días de reposo. El hechicero pensó que para eso tampoco hacía falta pasarse años estrujándose la cabeza estudiando magia y sanación, pero bueno, no era cosa suya. Ni siquiera se habían molestado en quitarle la ropa, sólo esa armadura herrumbrosa que llevaba. Eso era algo de lo que Daemigoth se sintió sinceramente agradecido. Bastante malo era de estar de niñera de un tío noqueado como para tener que andar lavándole con una esponjita. Además, el tío era un salvaje, igual al despertarse se tomaba a mal que le hubieran quitado sus pinturas espirituales de guerra, su costra ritual de roña o lo que fuera, quién sabía.
De todas formas, tampoco es que tuviera un aspecto demasiado impresionante. Se suponía que los hombres del norte eran muy altos y musculosos, pero ese no es que fuera un enano, pero era un poco más bajo que él, y, aunque de musculatura fibrosa, era bastante delgado, un poco tirillas. En cualquier caso, viendo lo que le había hecho a aquel zombi estando en las últimas, tampoco es que fuera para tomárselo a broma.
Voviendo a Garret, el caso era que al día siguiente de que aparecieran aquellos zombis le llamaron de palacio. Aquello no solía ser una buena noticia, no era ningún secreto que la presencia del clérigo era incómoda para algunos burócratas, que le permitían quedarse y le hacían míseras concesiones a cambio de que les hiciera algunos recados, como había sido acondicionar aquel cementerio dejado de la mano de todos los dioses habidos y por haber.
Lo malo era que Garret se había tomado la confidencialidad de la misión en serio, así que no le había dado detalles más allá de que tenían que ir a un antiguo monasterio abandonado al sureste, pero los rumores callejeros decían que le habían enviado a recuperar algo que alguien había robado, bien al templo de Heironeous, bien al propio palacio, según la versión que uno quisiera creer. Por lo visto no le habían mandado solo, sino con otros tipos, una halfling relacionada con un horfanato, que estaba básicamente en las misma tesitura que Garret, la de que o iba a hacer el trabajo sucio o le cerraban el chiringuito.
Lo único en lo que se ponían de acuerdo los rumores era que el tercero en discordia era un enano. Unos decían que era un enano defensor, el equivalente a un caballero enano de elite, que había llegado como embajador de las montañas del norte, y al que le habían pedido que ayudara a recuperar el misterioso tesoro perdido como muestra de buena voluntad. Según otros, era un clérigo del dios enano, Móradin, y que lo que buscaban era una reliquia perdida de su templo, no algo de Alexandria. Y otros decían que no era más que un mercenario y un mensajero, un pringado a sueldo, en definitiva. Con la suerte que estaban teniendo últimamente, Daemigoth imaginó que lo más probable era que la tercera teoría fuera la correcta.
Se suponía que no iban a tardar más que dos días, uno para ir y encontrar lo que fuera y otro para volver, pero el plazo había concluido y no había ni rastro de ellos, y Daemigoth empezaba a estar preocupado. Garret podría ser un plasta santurrón, pero le había acogido cuando el resto del mundo le había dado la espalda, mientras aprendía a controlar sus poderes, en un momento en el que el joven hechicero era un constante peligro para todos los que le rodeaban, ya que podía comenzar a arrojar llamas o relámpagos sin control en cuanto se enfadaba, asustaba o, sencillamente, se encontraba incómodo.
Ya había decidido que si al amanecer del día siguiente no habían regresado, partiría en su búsqueda, y ya había localizado cierta ayuda. A través del orfanato donde trabajaba la halfling que había acompañado a Garret se había enterado de que había una mercenaria elfa llamada Cora que podía estar interesada en acompañarle a cambio de una parte de la recompensa que fueran a recibir por la misión. Además, parecía que conocía a la halfling y al enano, y que habían colaborado en un combate contra unos bandidos. Esa elfa parecía un poco engreída, pero nada que coincidiera con la reputación de su pueblo. Sólo cabía esperar que también fuera tan buena arquera como solía decirse. Los elfos del norte llevaban años matándose entre sí en una sangrienta guerra civil, así que podía esperarse que cualquiera de ellos que hubiera logrado sobrevivir hasta aquellas fechas estuviera versado en combatir. No podía estar seguro de que fuera totalmente de fiar, pero el número de personas en el que alguien como él, criado en las calles, confiaba era realmente escaso. Al menos la elfa estaba bastante buena, así que no sería un gran sacrificio pasarse unos días con ella, pensó.
Después comenzó a hacer algunos preparativos, como reunir provisiones, buscarse un mapa de la zona y ese tipo de cosas. Se suponía que no estarían fuera más que un par de días, pero se suponía que eso era el tiempo que Garret iba a tardar en volver. Pensó entonces que tendría que pedir a alguna amiga que se encargara del tipo en coma.
Entonces Daemigoth comenzó a oír movimiento en la habitación de invitados. Parecía que el bárbaro finalmente se había despertado. Cuando el hechicero entró en la habitación, pareció sobresaltarse, pero recuperó la compostura rápidamente y un instante después ya se había puesto de pie y miraba fijamente al que había sido su cuidador a los ojos, con un cierto aire de desafío. Aunque algo desorientado, parecía estar de nuevo en forma, de modo que Daemigoth decidió pedirle ayuda para rescatar a Garret.
Afortunadamente para él, el bárbaro, que se presentó como Denay, de las tribus Kehay, recordaba al clérigo y que le había ayudado, de modo que aceptó sin hacer preguntas. Ni siquiera quiso saber dónde ni preguntó por una recompensa. Asuntos de honor o alguna chorrada semejante, pensó el hechicero, cualquiera habría pedido algo a cambio sin necesidad de ser un hijo de perra. Quizás simplemente estaba agradecido, o quizás no fuera muy listo, pero le vendría bien igualmente, suponiendo que la estocada que le había sacudido a aquel zombi no hubiera sido pura suerte.
Al día siguiente, una hora antes del amanecer, con sólo sus armas y víveres para tres días, Daemigoth, Denay y Cora salieron de Alexandria. Sólo unos perros callejeros les vieron partir a su primera misión.
Caía la tarde sobre los suburbios exteriores de la ciudad de Alexandria. En el interior de una pequeña casa, poco más que una cabaña, no muy diferente de todas las demás que la rodeaban, salvo por el emblema de una espada atravesando una luna helada pintado, sin demasiado arte, sobre el dintel de la puerta, un joven hechicero se echaba por fin a descansar. Estaba un poco aburrido, después de haber acabado sus tareas, más o menos, pero no podía salir de la casa porque le tocaba hacer de niñera del bárbaro que Garret y él, se habían encontrado dos días atrás, que seguía inconsciente. Qué demonios, pensó, estaba tremendamente aburrido.
Garret había comenzado a cuidar al bárbaro del norte, y pensaba que había sido víctima de algún conjuro bastante desagradable, porque no parecía tener ninguna herida física seria ni padecer ninguna enfermedad. Viendo que no le había matado y que no parecía empeorar con el tiempo, más bien lo contrario, Garret había deducido que lo que necesitaba aquel tipo no era más que unos días de reposo. El hechicero pensó que para eso tampoco hacía falta pasarse años estrujándose la cabeza estudiando magia y sanación, pero bueno, no era cosa suya. Ni siquiera se habían molestado en quitarle la ropa, sólo esa armadura herrumbrosa que llevaba. Eso era algo de lo que Daemigoth se sintió sinceramente agradecido. Bastante malo era de estar de niñera de un tío noqueado como para tener que andar lavándole con una esponjita. Además, el tío era un salvaje, igual al despertarse se tomaba a mal que le hubieran quitado sus pinturas espirituales de guerra, su costra ritual de roña o lo que fuera, quién sabía.
De todas formas, tampoco es que tuviera un aspecto demasiado impresionante. Se suponía que los hombres del norte eran muy altos y musculosos, pero ese no es que fuera un enano, pero era un poco más bajo que él, y, aunque de musculatura fibrosa, era bastante delgado, un poco tirillas. En cualquier caso, viendo lo que le había hecho a aquel zombi estando en las últimas, tampoco es que fuera para tomárselo a broma.
Voviendo a Garret, el caso era que al día siguiente de que aparecieran aquellos zombis le llamaron de palacio. Aquello no solía ser una buena noticia, no era ningún secreto que la presencia del clérigo era incómoda para algunos burócratas, que le permitían quedarse y le hacían míseras concesiones a cambio de que les hiciera algunos recados, como había sido acondicionar aquel cementerio dejado de la mano de todos los dioses habidos y por haber.
Lo malo era que Garret se había tomado la confidencialidad de la misión en serio, así que no le había dado detalles más allá de que tenían que ir a un antiguo monasterio abandonado al sureste, pero los rumores callejeros decían que le habían enviado a recuperar algo que alguien había robado, bien al templo de Heironeous, bien al propio palacio, según la versión que uno quisiera creer. Por lo visto no le habían mandado solo, sino con otros tipos, una halfling relacionada con un horfanato, que estaba básicamente en las misma tesitura que Garret, la de que o iba a hacer el trabajo sucio o le cerraban el chiringuito.
Lo único en lo que se ponían de acuerdo los rumores era que el tercero en discordia era un enano. Unos decían que era un enano defensor, el equivalente a un caballero enano de elite, que había llegado como embajador de las montañas del norte, y al que le habían pedido que ayudara a recuperar el misterioso tesoro perdido como muestra de buena voluntad. Según otros, era un clérigo del dios enano, Móradin, y que lo que buscaban era una reliquia perdida de su templo, no algo de Alexandria. Y otros decían que no era más que un mercenario y un mensajero, un pringado a sueldo, en definitiva. Con la suerte que estaban teniendo últimamente, Daemigoth imaginó que lo más probable era que la tercera teoría fuera la correcta.
Se suponía que no iban a tardar más que dos días, uno para ir y encontrar lo que fuera y otro para volver, pero el plazo había concluido y no había ni rastro de ellos, y Daemigoth empezaba a estar preocupado. Garret podría ser un plasta santurrón, pero le había acogido cuando el resto del mundo le había dado la espalda, mientras aprendía a controlar sus poderes, en un momento en el que el joven hechicero era un constante peligro para todos los que le rodeaban, ya que podía comenzar a arrojar llamas o relámpagos sin control en cuanto se enfadaba, asustaba o, sencillamente, se encontraba incómodo.
Ya había decidido que si al amanecer del día siguiente no habían regresado, partiría en su búsqueda, y ya había localizado cierta ayuda. A través del orfanato donde trabajaba la halfling que había acompañado a Garret se había enterado de que había una mercenaria elfa llamada Cora que podía estar interesada en acompañarle a cambio de una parte de la recompensa que fueran a recibir por la misión. Además, parecía que conocía a la halfling y al enano, y que habían colaborado en un combate contra unos bandidos. Esa elfa parecía un poco engreída, pero nada que coincidiera con la reputación de su pueblo. Sólo cabía esperar que también fuera tan buena arquera como solía decirse. Los elfos del norte llevaban años matándose entre sí en una sangrienta guerra civil, así que podía esperarse que cualquiera de ellos que hubiera logrado sobrevivir hasta aquellas fechas estuviera versado en combatir. No podía estar seguro de que fuera totalmente de fiar, pero el número de personas en el que alguien como él, criado en las calles, confiaba era realmente escaso. Al menos la elfa estaba bastante buena, así que no sería un gran sacrificio pasarse unos días con ella, pensó.
Después comenzó a hacer algunos preparativos, como reunir provisiones, buscarse un mapa de la zona y ese tipo de cosas. Se suponía que no estarían fuera más que un par de días, pero se suponía que eso era el tiempo que Garret iba a tardar en volver. Pensó entonces que tendría que pedir a alguna amiga que se encargara del tipo en coma.
Entonces Daemigoth comenzó a oír movimiento en la habitación de invitados. Parecía que el bárbaro finalmente se había despertado. Cuando el hechicero entró en la habitación, pareció sobresaltarse, pero recuperó la compostura rápidamente y un instante después ya se había puesto de pie y miraba fijamente al que había sido su cuidador a los ojos, con un cierto aire de desafío. Aunque algo desorientado, parecía estar de nuevo en forma, de modo que Daemigoth decidió pedirle ayuda para rescatar a Garret.
Afortunadamente para él, el bárbaro, que se presentó como Denay, de las tribus Kehay, recordaba al clérigo y que le había ayudado, de modo que aceptó sin hacer preguntas. Ni siquiera quiso saber dónde ni preguntó por una recompensa. Asuntos de honor o alguna chorrada semejante, pensó el hechicero, cualquiera habría pedido algo a cambio sin necesidad de ser un hijo de perra. Quizás simplemente estaba agradecido, o quizás no fuera muy listo, pero le vendría bien igualmente, suponiendo que la estocada que le había sacudido a aquel zombi no hubiera sido pura suerte.
Al día siguiente, una hora antes del amanecer, con sólo sus armas y víveres para tres días, Daemigoth, Denay y Cora salieron de Alexandria. Sólo unos perros callejeros les vieron partir a su primera misión.
sábado, 5 de diciembre de 2009
Alas de Dragón II
II
Era cerca del mediodía en la gran ciudad de Alexandria, y numerosas personas de todas las razas civilizadas, procedentes de los cuatro confines de Areos, se acercaban a las puertas de la ciudad. Entre ellos había un enano, recién llegado de la ciudad de Kazak-Monk. A pesar de ser más bajo que la mayor parte de la gente que le rodeaba, era un gigante entre los de su raza, con una estatura de cuatro pies y medio, musculoso y ancho de espaldas. Su pelo y su barba eran negros como el carbón, al igual que sus ojos. La escasa longitud de su barba era indicio claro de si juventud. Su aspecto era cuando menos intimidador, realzado por la coraza de escamas que vestía. Se llamaba Thorcrim Ironchain y su expresión en ese momento era hosca, como era típico entre los suyos cuando estaban rodeados de extraños. En realidad se sentía molesto y algo intimidado. Era la primera vez que salía de las montañas que le habían visto nacer y no estaba acostumbrado a que la gente le mirara desde arriba. Todo le resultaba desconocido, y pocas cosas le inspiraban confianza. Los edificios humanos, como el palacio que se alzaba al otro lado de la muralla, le parecían demasiado altos, con muros demasiado finos. Se preguntó qué clase de insensato se arriesgaría a dormir bajo un techo que se le antojó que podía venirse abajo en cualquier momento. Sólo la imponente muralla de la ciudad, que mantenía intacto el sello de los canteros enanos que la habían erigido siglos atrás, le parecía suficientemente sólida, y su presencia familiar en aquella ciudad extraña le resultó reconfortante. Oyó un murmullo y unos gritos apagados en una calle lateral. Aquello también le resultó familiar. Los problemas sonaban igual en cualquier ciudad del mundo. Su curiosidad se impuso a su sentido común y se acercó a ver qué ocurría.
Lo que vio le revolvió las tripas. Cinco hombres con aspecto de matones, grandes, sucios y armados con porras y espadas cortas, acosaban a una mujer humana que estaba rodeada de niños, todos ellos aterrorizados, a los que reclamaban el pago de su “protección”. Sólo una niña, que Thorcrim calculó que no tendría más de 6 años, permanecía de cara a los bandidos. Al otro lado de la calle, una mujer, una elfa de pelo rubio, y vestida con ropas ligeras de cuero observaba también la escena con rostro impasible, pero que dejaba traslucir lo poco que le agradaba la escena que se desarrollaba frente a ella. El viajero, acostumbrado al respeto por la ley que se tenía en su tierra, se sorprendió de que no hubiera ningún miembro de la guardia que vigilara aquellas calles e impidiera aquella clase de tropelías. Cuando uno de los hombres apuntó a la niña con una espada roñosa y mellada, aquello fue demasiado para el recto enano, que desenfundó su martillo, aprestó su escudo, y avanzó para intervenir. Simplemente pensó que alguien debía hacerlo, y parecía el único dispuesto a hacerlo.
Hasta ese momento no se dio cuenta el enano que a la que había tomado por una niña pequeña era en realidad una joven halfling, de escasa estatura, delgada y morena, pero con la tez algo pálida. Vestía con ropas de lo más común, pero de tonos oscuros, en vez de los colores vivos que solían preferir los de su raza. Su rostro expresaba resolución, dejando claro que no se iba a dejar asustar ante aquellos brutos extorsionadores, y no dejaba entrever nada de la jovialidad que se les presuponía a los suyos. A regañadientes, el enano se vio obligado a reconocerse a sí mismo una cierta admiración por el coraje que aquella canija que lo le llegaba ni a los hombros estaba mostrando por enfrentarse sola a esos tipos. Quizás era más insensatez más que valor, pero por Móradin que le estaba echando redaños.
Con su grave vozarrón, sugirió enérgicamente a aquellos tipos que dejaran tranquila a la familia, captando de inmediato la atención de dos de los bandidos, que se volvieron. Sin demasiados buenos modos, le instaron a ocuparse de sus problemas, pero en el proceso mencionaron de manera no demasiado respetuosa, y de hecho bastante despectiva, la raza, estatura y hábitos higiénicos de Thorcrim, y a varios de sus ancestros y parientes cercanos. Aquello fue un grave error. Hasta ese momento el enano solo había estado indignado, pero que aquellos zarrapastrosos patanes osaran faltarle al respeto a sus antepasados en la cara le había puesto verdaderamente furioso. Sin embargo el rostro del enano permaneció impasible, en silencio, sin ninguna reacción visible durante unos segundos. En realidad el antiguo aprendiz de herrero les estaba dando tiempo de retractarse, pero no fue esto lo que pensaron los bandidos, que rieron ruidosamente, creyendo haber intimidado a aquel espectador inoportuno. Por ello, la primera pista que aquellos matones de segunda tuvieron de la ira que embargaba a su verticalmente escaso oponente fue el hecho de que golpeara salvajemente con su martillo en la barbilla del bandido que tan pocas dotes diplomáticas había mostrado. El hombre cayó al suelo sin sentido, con la boca que tantas ofensas había proferido en tan poco tiempo aplastada y casi sin dientes, inútil durante una buena temporada para cualquier cosa que no fuera sorber por una pajita.
Aquello atrajo la atención de los otros tres que seguían encarados con la halfling, que se aprestaron a rodear al enano. Ni siquiera se les ocurrió que alguien que no llegaba a tres pies de estatura pudiera ser una amenaza para ellos. Aquello fue un nuevo error, que uno de los asaltantes pagó muy caro cuando, en un parpadeo, y sin que Thorcrim estuviera muy seguro de dónde la había sacado, una pequeña daga apareció en la mano de la valiente halfling como por ensalmo, y la hundió profundamente en la espalda de un bandido que había cometido la grave equivocación de no considerarla una amenaza. La corta pero afilada hoja penetró profundamente entre dos costillas, y se hundió en uno de los pulmones del forajido, que cayó al suelo gritando, mientras le salía espuma sanguinolienta por la boca e intentaba desesperadamente taponar con sus manos la herida.
Simultáneamente, otros dos bandidos se habían situado a ambos lados del enano, aparentemente ajenos a la suerte que había corrido su compañero. El guerrero no tuvo grandes problemas en detener los torpes ataques del que estaba a su izquierda, bloqueándolos con su escudo, pero el otro atacó por la derecha con su espada corta aprovechando que sus defensas estaban bajas, abriendo un largo, aunque afortunadament no demasiado profundo corte en el brazo derecho. Un tercero le atacó desde la espalda con una cachiporra, y aunque su armadura absorbió lo peor del ataque, dejó al enano algo aturdido y magullado. El segundo bandido volvió a alzar su arma para descargar otro ataque contra el enano herido cuando una flecha se clavó en su antebrazo, traspasándolo de parte a parte y obligándole a soltar su herrumbrosa espada. Thorcrim miró a su derecha y se dio cuenta de que la elfa que había visto antes se había decidido unir a la refriega empuñando un arco que se disponía a recargar. El enano supuso que disparar sin previo aviso debía de ser la forma típica de los elfos de expresar su desprecio por aquellos que extorsionaban a campesinos desarmados y luego combatían en proporción de dos contra uno.
Viendo que las tornas habían cambiado y que ahora eran ellos los superados en número, los tres bandidos que aún estaban en condiciones de correr pusieron pies en polvorosa, abandonando sin dudar a su compañero inconsciente y al otro, que seguía agonizando en el suelo, con cada vez más dificultades para seguir respirando. Mientras iniciaban su deserción, Thorcrim acertó a golpear con su martillo a uno de los bandidos en el torso, que provocó el crujido de algunas costillas, aunque no logró impedir su huida. La elfa, por su parte apuntó a la espalda del último matón que seguía indemne mientras huía, pero en el último momento, cambió de opinión, y bajó mínimamente su arco antes de disparar. La flecha impactó en el trasero del fugitivo, una herida que quizás no fuera grave, pero sin duda dolorosa, sobre todo para el orgullo.
Una vez finalizada la contienda, la halfling se presentó como Gilian, y les explicó que en realidad los humanos no eran una familia, sino más bien una especie de horfanato regentado por la mujer, con la que ella colaboraba. Agradeció a elfa y enano la ayuda prestada a ella y a sus amigos humanos, y les ofreció la hospitalidad de la modesta vivienda de la familia. Aunque correcta y amable, no fue demasiado efusiva.
La elfa, que se presentó como Cora, restó importancia a su intervención, aunque su tono dejaba claro que pensaba que sin ella habrían sido sin duda derrotados. La típica soberbia élfica, pensó el enano, tal y como su viejo maestro le había advertido sobre las gentes de los bosques. A pesar de ello, tuvo que reconocer ante sí mismo que sin su oportuno disparo, podría haber tenido serios problemas, y lo le gustó la idea de estar en deuda con una orejas puntiagudas.
Hasta un buen rato después no llegó una patrulla de la guardia, proverbialmente tardía, que se hizo cargo de los dos bandidos que no habían logrado huir, uno de los cuales había muerto mientras tanto. Thorcrim meneó la cabeza con desagrado, reprimiéndose mascullar algo sobre la ineptitud de los humanos en el mantenimiento del orden en su propia ciudad. Sintió lleno de nostalgia que realmente se encontraba en un lugar totalmente extraño, muy lejos de su hogar.
Por último se dirigió en silencio a las puertas de la ciudad, no sin antes seguir el consejo de su viejo maestro. “Si te topas con un halfling, muchacho, no olvides revisar tus pertenencias a continuación”. Parecía que no faltaba nada.
Era cerca del mediodía en la gran ciudad de Alexandria, y numerosas personas de todas las razas civilizadas, procedentes de los cuatro confines de Areos, se acercaban a las puertas de la ciudad. Entre ellos había un enano, recién llegado de la ciudad de Kazak-Monk. A pesar de ser más bajo que la mayor parte de la gente que le rodeaba, era un gigante entre los de su raza, con una estatura de cuatro pies y medio, musculoso y ancho de espaldas. Su pelo y su barba eran negros como el carbón, al igual que sus ojos. La escasa longitud de su barba era indicio claro de si juventud. Su aspecto era cuando menos intimidador, realzado por la coraza de escamas que vestía. Se llamaba Thorcrim Ironchain y su expresión en ese momento era hosca, como era típico entre los suyos cuando estaban rodeados de extraños. En realidad se sentía molesto y algo intimidado. Era la primera vez que salía de las montañas que le habían visto nacer y no estaba acostumbrado a que la gente le mirara desde arriba. Todo le resultaba desconocido, y pocas cosas le inspiraban confianza. Los edificios humanos, como el palacio que se alzaba al otro lado de la muralla, le parecían demasiado altos, con muros demasiado finos. Se preguntó qué clase de insensato se arriesgaría a dormir bajo un techo que se le antojó que podía venirse abajo en cualquier momento. Sólo la imponente muralla de la ciudad, que mantenía intacto el sello de los canteros enanos que la habían erigido siglos atrás, le parecía suficientemente sólida, y su presencia familiar en aquella ciudad extraña le resultó reconfortante. Oyó un murmullo y unos gritos apagados en una calle lateral. Aquello también le resultó familiar. Los problemas sonaban igual en cualquier ciudad del mundo. Su curiosidad se impuso a su sentido común y se acercó a ver qué ocurría.
Lo que vio le revolvió las tripas. Cinco hombres con aspecto de matones, grandes, sucios y armados con porras y espadas cortas, acosaban a una mujer humana que estaba rodeada de niños, todos ellos aterrorizados, a los que reclamaban el pago de su “protección”. Sólo una niña, que Thorcrim calculó que no tendría más de 6 años, permanecía de cara a los bandidos. Al otro lado de la calle, una mujer, una elfa de pelo rubio, y vestida con ropas ligeras de cuero observaba también la escena con rostro impasible, pero que dejaba traslucir lo poco que le agradaba la escena que se desarrollaba frente a ella. El viajero, acostumbrado al respeto por la ley que se tenía en su tierra, se sorprendió de que no hubiera ningún miembro de la guardia que vigilara aquellas calles e impidiera aquella clase de tropelías. Cuando uno de los hombres apuntó a la niña con una espada roñosa y mellada, aquello fue demasiado para el recto enano, que desenfundó su martillo, aprestó su escudo, y avanzó para intervenir. Simplemente pensó que alguien debía hacerlo, y parecía el único dispuesto a hacerlo.
Hasta ese momento no se dio cuenta el enano que a la que había tomado por una niña pequeña era en realidad una joven halfling, de escasa estatura, delgada y morena, pero con la tez algo pálida. Vestía con ropas de lo más común, pero de tonos oscuros, en vez de los colores vivos que solían preferir los de su raza. Su rostro expresaba resolución, dejando claro que no se iba a dejar asustar ante aquellos brutos extorsionadores, y no dejaba entrever nada de la jovialidad que se les presuponía a los suyos. A regañadientes, el enano se vio obligado a reconocerse a sí mismo una cierta admiración por el coraje que aquella canija que lo le llegaba ni a los hombros estaba mostrando por enfrentarse sola a esos tipos. Quizás era más insensatez más que valor, pero por Móradin que le estaba echando redaños.
Con su grave vozarrón, sugirió enérgicamente a aquellos tipos que dejaran tranquila a la familia, captando de inmediato la atención de dos de los bandidos, que se volvieron. Sin demasiados buenos modos, le instaron a ocuparse de sus problemas, pero en el proceso mencionaron de manera no demasiado respetuosa, y de hecho bastante despectiva, la raza, estatura y hábitos higiénicos de Thorcrim, y a varios de sus ancestros y parientes cercanos. Aquello fue un grave error. Hasta ese momento el enano solo había estado indignado, pero que aquellos zarrapastrosos patanes osaran faltarle al respeto a sus antepasados en la cara le había puesto verdaderamente furioso. Sin embargo el rostro del enano permaneció impasible, en silencio, sin ninguna reacción visible durante unos segundos. En realidad el antiguo aprendiz de herrero les estaba dando tiempo de retractarse, pero no fue esto lo que pensaron los bandidos, que rieron ruidosamente, creyendo haber intimidado a aquel espectador inoportuno. Por ello, la primera pista que aquellos matones de segunda tuvieron de la ira que embargaba a su verticalmente escaso oponente fue el hecho de que golpeara salvajemente con su martillo en la barbilla del bandido que tan pocas dotes diplomáticas había mostrado. El hombre cayó al suelo sin sentido, con la boca que tantas ofensas había proferido en tan poco tiempo aplastada y casi sin dientes, inútil durante una buena temporada para cualquier cosa que no fuera sorber por una pajita.
Aquello atrajo la atención de los otros tres que seguían encarados con la halfling, que se aprestaron a rodear al enano. Ni siquiera se les ocurrió que alguien que no llegaba a tres pies de estatura pudiera ser una amenaza para ellos. Aquello fue un nuevo error, que uno de los asaltantes pagó muy caro cuando, en un parpadeo, y sin que Thorcrim estuviera muy seguro de dónde la había sacado, una pequeña daga apareció en la mano de la valiente halfling como por ensalmo, y la hundió profundamente en la espalda de un bandido que había cometido la grave equivocación de no considerarla una amenaza. La corta pero afilada hoja penetró profundamente entre dos costillas, y se hundió en uno de los pulmones del forajido, que cayó al suelo gritando, mientras le salía espuma sanguinolienta por la boca e intentaba desesperadamente taponar con sus manos la herida.
Simultáneamente, otros dos bandidos se habían situado a ambos lados del enano, aparentemente ajenos a la suerte que había corrido su compañero. El guerrero no tuvo grandes problemas en detener los torpes ataques del que estaba a su izquierda, bloqueándolos con su escudo, pero el otro atacó por la derecha con su espada corta aprovechando que sus defensas estaban bajas, abriendo un largo, aunque afortunadament no demasiado profundo corte en el brazo derecho. Un tercero le atacó desde la espalda con una cachiporra, y aunque su armadura absorbió lo peor del ataque, dejó al enano algo aturdido y magullado. El segundo bandido volvió a alzar su arma para descargar otro ataque contra el enano herido cuando una flecha se clavó en su antebrazo, traspasándolo de parte a parte y obligándole a soltar su herrumbrosa espada. Thorcrim miró a su derecha y se dio cuenta de que la elfa que había visto antes se había decidido unir a la refriega empuñando un arco que se disponía a recargar. El enano supuso que disparar sin previo aviso debía de ser la forma típica de los elfos de expresar su desprecio por aquellos que extorsionaban a campesinos desarmados y luego combatían en proporción de dos contra uno.
Viendo que las tornas habían cambiado y que ahora eran ellos los superados en número, los tres bandidos que aún estaban en condiciones de correr pusieron pies en polvorosa, abandonando sin dudar a su compañero inconsciente y al otro, que seguía agonizando en el suelo, con cada vez más dificultades para seguir respirando. Mientras iniciaban su deserción, Thorcrim acertó a golpear con su martillo a uno de los bandidos en el torso, que provocó el crujido de algunas costillas, aunque no logró impedir su huida. La elfa, por su parte apuntó a la espalda del último matón que seguía indemne mientras huía, pero en el último momento, cambió de opinión, y bajó mínimamente su arco antes de disparar. La flecha impactó en el trasero del fugitivo, una herida que quizás no fuera grave, pero sin duda dolorosa, sobre todo para el orgullo.
Una vez finalizada la contienda, la halfling se presentó como Gilian, y les explicó que en realidad los humanos no eran una familia, sino más bien una especie de horfanato regentado por la mujer, con la que ella colaboraba. Agradeció a elfa y enano la ayuda prestada a ella y a sus amigos humanos, y les ofreció la hospitalidad de la modesta vivienda de la familia. Aunque correcta y amable, no fue demasiado efusiva.
La elfa, que se presentó como Cora, restó importancia a su intervención, aunque su tono dejaba claro que pensaba que sin ella habrían sido sin duda derrotados. La típica soberbia élfica, pensó el enano, tal y como su viejo maestro le había advertido sobre las gentes de los bosques. A pesar de ello, tuvo que reconocer ante sí mismo que sin su oportuno disparo, podría haber tenido serios problemas, y lo le gustó la idea de estar en deuda con una orejas puntiagudas.
Hasta un buen rato después no llegó una patrulla de la guardia, proverbialmente tardía, que se hizo cargo de los dos bandidos que no habían logrado huir, uno de los cuales había muerto mientras tanto. Thorcrim meneó la cabeza con desagrado, reprimiéndose mascullar algo sobre la ineptitud de los humanos en el mantenimiento del orden en su propia ciudad. Sintió lleno de nostalgia que realmente se encontraba en un lugar totalmente extraño, muy lejos de su hogar.
Por último se dirigió en silencio a las puertas de la ciudad, no sin antes seguir el consejo de su viejo maestro. “Si te topas con un halfling, muchacho, no olvides revisar tus pertenencias a continuación”. Parecía que no faltaba nada.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Alas de Dragón I
I
El día se acercaba a su fin en las afueras de la gran ciudad de Alexandria, tiñendo el cielo de tonos rojizos. La inminente llegada de la noche hacía acelerar el paso a numerosas personas, que se apresuraban para llegar a sus hogares antes de que la oscuridad cayera sobre los caminos. Mientras la mayoría se dirigía hacia la ciudad o hacia los barrios bajos situados extramuros, dos hombres apretaban el paso en sentido contrario.
Uno era muy alto, de piel clara y pelo blanco, vestido con ropas gruesas, destacando una magnífica capa de piel blanca de lobo, con la cabeza del animal haciendo las veces capucha. También llevaba una pesada coraza de escamas, con un escudo, como si esperara problemas. Su nombre era Garret, clérigo de la diosa Shiva, el único de su religión que había en la ciudad.
El segundo era poco más que un muchacho, de estatura media, lo que le hacía parecer bajo en comparación con el primero, pero con una complexión más recia y atlética. Su piel era bronceada y su pelo castaño, con rasgos algo angulosos, pero que más de una mujer consideraría atractivos. Vestía de manera sencilla, con unos pantalones de lino sin teñir y un sencillo chaleco rojo. Se llamaba Daemigoth, y era el ayudante del clérigo.
Los dos compañeros se dirigieron a un pequeño cementerio, algo alejado de la ciudad, situado al noroeste, cera de unas colinas bajas. Las autoridades de la ciudad habían decidido ceder aquel cementerio, abandonado tiempo atrás, para la pequeña minoría practicante de la religión de la diosa de la Luna Helada, de la que Garret era el predicador. Era un lugar descuidado, lleno de malas hierbas, cuyas únicas tumbas recientes eran de personas fuera de la ley, que habían muerto y sido enterradas con el mismo secretismo con el que habían vivido. Pero más preocupante que lo que vio fue lo que no percibió. Garret notó que la tierra del camposanto no retenía el conjuro de consagración que debía protegerlo de cualquier fuerza oscura. No había sido renovado en años, probablemente en décadas. Tampoco era algo imprescindible, ya que a fin de cuentas, las oscuras energías necróticas, que permitían la existencia de los no-muertos, estaban recluidas a muy pocos lugares del mundo, por lo que el peligro de los nigromantes era casi inexistente. Sin embargo, esto disgustó al clérigo. Se suponía que un cementerio debía de ser un lugar adecuadamente consagrado, y, desgraciadamente, él carecía del poder necesario para conjurar una plegaria de ese nivel de complejidad. Con todo, comenzó a adecentar un poco el lugar, y preparó un pequeño altarcillo portátil con unas velas para conjurar una plegaria de bendición sobre el lugar en el momento en el que anocheciera, cuando la influencia de su diosa era más poderosa y sus dones divinos eran mayores. No sería una verdadera consagración, pero sería mejor que nada.
Mientras el clérigo hacía sus preparativos, su ayudante se dedicó a barrer las viejas lápidas, con una total falta de entusiasmo que no se molestaba en tratar de disimular, para disgusto de su mentor, que esperaba que algún día el joven se decidiera a madurar, y se deshiciera de aquella cinta con el emblema de Wee-Jas que llevaba en la cabeza. Garret se limitó a negar con la cabeza.
En ese momento, ambos vieron un intenso destello rojo hacia el norte, en algún lugar entre las colinas. El clérigo notó como se le erizaba el pelo de la nuca, delatando la sensación de mal augurio que le invadió en ese momento.
Maestro y discípulo se quedaron en silencio durante unos largos minutos en los que nada más ocurrió. Sólo el antinatural silencio que se apoderó del lugar seguía indicando que algo ocurría. Algo peligroso.
Y de repente, un ruido de pies arrastrándose les alertó de la presencia de un tercer hombre. Parecía un guerrero bárbaro de los páramos, de estatura media, delgado, rubio y de piel morena, que vestía una vieja y sucia cota de escamas, con una especie de bozal metálico que le tapaba la mitad del rostro, y empuñaba a duras penas una espada a dos manos. Parecía estar en las últimas, extremadamente débil, aunque no mostraba ninguna herida evidente, y apenas llegó cerca de Garret y Daemigoth se derrumbó en el suelo, exhausto y jadeando por el esfuerzo. Garret se arrodilló de inmediato ante el desconocido, intentando averiguar qué le había sucedido. Su frente estaba perlada de sudor, pero muy fría al tacto.
No tuvo más tiempo para continuar su exploración, ya que de repente el clérigo escuchó otro sonido, procedente de dos de las tumbas más recientes. El sonido de tierra siendo removida. Desde dentro. Dos figuras putrefactas, que en otro tiempo habían sido humanos, salieron de sus tumbas. Sus ojos que no veían se dirigieron hacia los tres hombres, con paso lento y torpe, pero constante.
Garret miró a las criaturas con horror e incredulidad a partes iguales, sintiéndose paralizado por las nauseas. Todo lo que sabía, o creía saber, sobre esos seres, los zombis, le decía que era imposible que pudieran existir en un lugar como aquel. Y sin embargo, ahí estaban. Finalmente, su férrea voluntad logró imponerse a su estupor y desenfundó su maza y su símbolo sagrado. Por Shiva que iba a enviar a esos seres de vuelta a la tierra de donde habían salido, y que iba a averiguar que infernal prodigio los había creado.
Daemigoth dio un paso al frente para proteger a su maestro, y con unos gestos arcanos y una única palabra, creó un chorro de llamas que envolvieron a uno de los muertos vivientes, que pese a todo siguió avanzando, aparentemente insensible al fuego. El segundo zombi fue recibido por el bárbaro, que con un rugido de dolor y de ira se levantó del suelo y lanzó contra su rival una salvaje estocada que le arrancó limpiamente un brazo y dejó el arma clavada en el tórax del no muerto, que pese a todo siguió en pie, tratando de arañar y morder al guerrero. El brazo seccionado, por su parte, siguió moviéndose y retorciéndose en el suelo, como un rabo de lagartija. Con una breve plegaria en los labios, canalizó a través de su símbolo sagrado y de su propio cuerpo la radiante energía divina en estado puro, confiando en que, tal y como le habían instruido, fueran anatema para aquellas criaturas. Un destello azulado brilló por un segundo en el cementerio, sin crear ningún efecto visible sobre sus adversarios, hasta que de repente estos comenzaron a retroceder, huyendo del gigantesco clérigo tan lentamente como habían avanzado.
Viendo su oportunidad, Daemigoth y el guerrero bárbaro redoblaron sus ataques, mutilando inmisericordemente a los dos cadáveres hasta que dejaron de moverse. Daemigoth trató de recomponer su gesto, tratando de ocultar el miedo que había pasado, mientras que el salvaje de los páramos, consumidas las pocas energías que le quedaban en aquel breve pero truculento combate, cayó al suelo inconsciente.
El día se acercaba a su fin en las afueras de la gran ciudad de Alexandria, tiñendo el cielo de tonos rojizos. La inminente llegada de la noche hacía acelerar el paso a numerosas personas, que se apresuraban para llegar a sus hogares antes de que la oscuridad cayera sobre los caminos. Mientras la mayoría se dirigía hacia la ciudad o hacia los barrios bajos situados extramuros, dos hombres apretaban el paso en sentido contrario.
Uno era muy alto, de piel clara y pelo blanco, vestido con ropas gruesas, destacando una magnífica capa de piel blanca de lobo, con la cabeza del animal haciendo las veces capucha. También llevaba una pesada coraza de escamas, con un escudo, como si esperara problemas. Su nombre era Garret, clérigo de la diosa Shiva, el único de su religión que había en la ciudad.
El segundo era poco más que un muchacho, de estatura media, lo que le hacía parecer bajo en comparación con el primero, pero con una complexión más recia y atlética. Su piel era bronceada y su pelo castaño, con rasgos algo angulosos, pero que más de una mujer consideraría atractivos. Vestía de manera sencilla, con unos pantalones de lino sin teñir y un sencillo chaleco rojo. Se llamaba Daemigoth, y era el ayudante del clérigo.
Los dos compañeros se dirigieron a un pequeño cementerio, algo alejado de la ciudad, situado al noroeste, cera de unas colinas bajas. Las autoridades de la ciudad habían decidido ceder aquel cementerio, abandonado tiempo atrás, para la pequeña minoría practicante de la religión de la diosa de la Luna Helada, de la que Garret era el predicador. Era un lugar descuidado, lleno de malas hierbas, cuyas únicas tumbas recientes eran de personas fuera de la ley, que habían muerto y sido enterradas con el mismo secretismo con el que habían vivido. Pero más preocupante que lo que vio fue lo que no percibió. Garret notó que la tierra del camposanto no retenía el conjuro de consagración que debía protegerlo de cualquier fuerza oscura. No había sido renovado en años, probablemente en décadas. Tampoco era algo imprescindible, ya que a fin de cuentas, las oscuras energías necróticas, que permitían la existencia de los no-muertos, estaban recluidas a muy pocos lugares del mundo, por lo que el peligro de los nigromantes era casi inexistente. Sin embargo, esto disgustó al clérigo. Se suponía que un cementerio debía de ser un lugar adecuadamente consagrado, y, desgraciadamente, él carecía del poder necesario para conjurar una plegaria de ese nivel de complejidad. Con todo, comenzó a adecentar un poco el lugar, y preparó un pequeño altarcillo portátil con unas velas para conjurar una plegaria de bendición sobre el lugar en el momento en el que anocheciera, cuando la influencia de su diosa era más poderosa y sus dones divinos eran mayores. No sería una verdadera consagración, pero sería mejor que nada.
Mientras el clérigo hacía sus preparativos, su ayudante se dedicó a barrer las viejas lápidas, con una total falta de entusiasmo que no se molestaba en tratar de disimular, para disgusto de su mentor, que esperaba que algún día el joven se decidiera a madurar, y se deshiciera de aquella cinta con el emblema de Wee-Jas que llevaba en la cabeza. Garret se limitó a negar con la cabeza.
En ese momento, ambos vieron un intenso destello rojo hacia el norte, en algún lugar entre las colinas. El clérigo notó como se le erizaba el pelo de la nuca, delatando la sensación de mal augurio que le invadió en ese momento.
Maestro y discípulo se quedaron en silencio durante unos largos minutos en los que nada más ocurrió. Sólo el antinatural silencio que se apoderó del lugar seguía indicando que algo ocurría. Algo peligroso.
Y de repente, un ruido de pies arrastrándose les alertó de la presencia de un tercer hombre. Parecía un guerrero bárbaro de los páramos, de estatura media, delgado, rubio y de piel morena, que vestía una vieja y sucia cota de escamas, con una especie de bozal metálico que le tapaba la mitad del rostro, y empuñaba a duras penas una espada a dos manos. Parecía estar en las últimas, extremadamente débil, aunque no mostraba ninguna herida evidente, y apenas llegó cerca de Garret y Daemigoth se derrumbó en el suelo, exhausto y jadeando por el esfuerzo. Garret se arrodilló de inmediato ante el desconocido, intentando averiguar qué le había sucedido. Su frente estaba perlada de sudor, pero muy fría al tacto.
No tuvo más tiempo para continuar su exploración, ya que de repente el clérigo escuchó otro sonido, procedente de dos de las tumbas más recientes. El sonido de tierra siendo removida. Desde dentro. Dos figuras putrefactas, que en otro tiempo habían sido humanos, salieron de sus tumbas. Sus ojos que no veían se dirigieron hacia los tres hombres, con paso lento y torpe, pero constante.
Garret miró a las criaturas con horror e incredulidad a partes iguales, sintiéndose paralizado por las nauseas. Todo lo que sabía, o creía saber, sobre esos seres, los zombis, le decía que era imposible que pudieran existir en un lugar como aquel. Y sin embargo, ahí estaban. Finalmente, su férrea voluntad logró imponerse a su estupor y desenfundó su maza y su símbolo sagrado. Por Shiva que iba a enviar a esos seres de vuelta a la tierra de donde habían salido, y que iba a averiguar que infernal prodigio los había creado.
Daemigoth dio un paso al frente para proteger a su maestro, y con unos gestos arcanos y una única palabra, creó un chorro de llamas que envolvieron a uno de los muertos vivientes, que pese a todo siguió avanzando, aparentemente insensible al fuego. El segundo zombi fue recibido por el bárbaro, que con un rugido de dolor y de ira se levantó del suelo y lanzó contra su rival una salvaje estocada que le arrancó limpiamente un brazo y dejó el arma clavada en el tórax del no muerto, que pese a todo siguió en pie, tratando de arañar y morder al guerrero. El brazo seccionado, por su parte, siguió moviéndose y retorciéndose en el suelo, como un rabo de lagartija. Con una breve plegaria en los labios, canalizó a través de su símbolo sagrado y de su propio cuerpo la radiante energía divina en estado puro, confiando en que, tal y como le habían instruido, fueran anatema para aquellas criaturas. Un destello azulado brilló por un segundo en el cementerio, sin crear ningún efecto visible sobre sus adversarios, hasta que de repente estos comenzaron a retroceder, huyendo del gigantesco clérigo tan lentamente como habían avanzado.
Viendo su oportunidad, Daemigoth y el guerrero bárbaro redoblaron sus ataques, mutilando inmisericordemente a los dos cadáveres hasta que dejaron de moverse. Daemigoth trató de recomponer su gesto, tratando de ocultar el miedo que había pasado, mientras que el salvaje de los páramos, consumidas las pocas energías que le quedaban en aquel breve pero truculento combate, cayó al suelo inconsciente.
jueves, 19 de noviembre de 2009
Alas de Dragón V
Apenas llegó a Huglendt, el grupo de aventureros se dividió en dos para comenzar a preguntar a los lugareños si habían visto algo inusual. Cora, Daemigoth y Denay se toparon con otra forastera, una simpática elfa con el pelo de un extraño tono azul, que cantaba con una dulzura excepcional, incluso entre los de su raza. Su nombre era Valadia, pero insistió en ser llamada simplemente Val, y no tardó en ser aceptada, después de que un grupo de orcos atacaran el pueblo, buscándola a ella, aparentemente. Con la ayuda de los cantos mágicos de Val, que durmieron a la mitad de los atacantes, los compañeros no tardaron en derrotar al resto.
Mientras tanto, los demás comenzaron a oír rumores acerca de un extraño mineral que extraían por ahí, llamado tanaam. Se suponía que era básicamente inútil, más allá de servir para la fabricación de bonitos objetos de artesanía, pero se había perdido el contacto con la mina donde se extraía, lo que atrajo la atención de los siete compañeros, que decidieron visitarla al día siguiente.
Sin embargo, aquella noche Thorcrim y Garret fueron atacados mientras dormían por un asesino que portaba un guante negro en la mano derecha. Logró infringir una grave herida al enano en el cuello, y asestar una puñalada envenenada a Garret, pero a duras penas lograron sobrevivir el tiempo suficiente para dar la alarma y poner en fuga al asesino.
Por si esto fuera poco, una partida de guerra de orcos, mucho más numerosa que el grupo del día anterior, asaltó el poblado al día siguiente, y sólo pudieron ser rechazados a duras penas gracias a la ayuda de los soldados de Huglendt y de su mascota, una inmensa criatura grisácea llamada Glaigard. Quedó claro durante el asalto que el grupo que habían derrotado el día anterior no era más que una avanzadilla de exploración.
Heridos y cansados, decidieron dejar la visita de la mina para el día siguiente.
El día terminó con una revelación. Daemigoth, afirmó que Denay no era en realidad humano, sino un semielfo. El aludido no tuvo más remedio que confesar que en realidad no era un kehay, como había afirmado, sino uno de los esclavo de ese pueblo, conocidos como mecdos.
Al día siguiente, finalmente se dirigieron a la mina, acompañados por Valadia, que no consintió quedar atrás. Se enfrentaron a un grupo de orcos y goblins de aspecto deplorable, los últimos supervivientes de lo que había sido una importante tribu, a los que pasaron por las armas sin mayor ceremonia. Sin embargo, del cadáver de uno de los goblins cayó una extraña piedra. Tan pronto como esto sucedió, dos gemelos, ambos con un guante negro en la mano derecha, aparecieron aparentemente de la nada: uno cogió la piedra, el otro capturó a Val. Sin dejar de correr, ambos se internaron en la cueva, seguidos de cerca por los furiosos aventureros, donde no tardaron en dividirse, tomando cada uno un túnel distinto. Intuyendo que la piedra era de crucial importancia, pero no pudiendo abandonar a Val a su suerte, los compañeros no tuvieron más remedio que dividirse, único modo de asegurarse no perder a ninguno de los dos. Daemigoth, Denay y Cora siguieron al que había secuestrado a Val, mientras que Garret, Thorcrim, Gilian y Daphne fueron en pos del que había robado la piedra.
Mientras tanto, los demás comenzaron a oír rumores acerca de un extraño mineral que extraían por ahí, llamado tanaam. Se suponía que era básicamente inútil, más allá de servir para la fabricación de bonitos objetos de artesanía, pero se había perdido el contacto con la mina donde se extraía, lo que atrajo la atención de los siete compañeros, que decidieron visitarla al día siguiente.
Sin embargo, aquella noche Thorcrim y Garret fueron atacados mientras dormían por un asesino que portaba un guante negro en la mano derecha. Logró infringir una grave herida al enano en el cuello, y asestar una puñalada envenenada a Garret, pero a duras penas lograron sobrevivir el tiempo suficiente para dar la alarma y poner en fuga al asesino.
Por si esto fuera poco, una partida de guerra de orcos, mucho más numerosa que el grupo del día anterior, asaltó el poblado al día siguiente, y sólo pudieron ser rechazados a duras penas gracias a la ayuda de los soldados de Huglendt y de su mascota, una inmensa criatura grisácea llamada Glaigard. Quedó claro durante el asalto que el grupo que habían derrotado el día anterior no era más que una avanzadilla de exploración.
Heridos y cansados, decidieron dejar la visita de la mina para el día siguiente.
El día terminó con una revelación. Daemigoth, afirmó que Denay no era en realidad humano, sino un semielfo. El aludido no tuvo más remedio que confesar que en realidad no era un kehay, como había afirmado, sino uno de los esclavo de ese pueblo, conocidos como mecdos.
Al día siguiente, finalmente se dirigieron a la mina, acompañados por Valadia, que no consintió quedar atrás. Se enfrentaron a un grupo de orcos y goblins de aspecto deplorable, los últimos supervivientes de lo que había sido una importante tribu, a los que pasaron por las armas sin mayor ceremonia. Sin embargo, del cadáver de uno de los goblins cayó una extraña piedra. Tan pronto como esto sucedió, dos gemelos, ambos con un guante negro en la mano derecha, aparecieron aparentemente de la nada: uno cogió la piedra, el otro capturó a Val. Sin dejar de correr, ambos se internaron en la cueva, seguidos de cerca por los furiosos aventureros, donde no tardaron en dividirse, tomando cada uno un túnel distinto. Intuyendo que la piedra era de crucial importancia, pero no pudiendo abandonar a Val a su suerte, los compañeros no tuvieron más remedio que dividirse, único modo de asegurarse no perder a ninguno de los dos. Daemigoth, Denay y Cora siguieron al que había secuestrado a Val, mientras que Garret, Thorcrim, Gilian y Daphne fueron en pos del que había robado la piedra.
jueves, 5 de noviembre de 2009
Alas de Dragón IV
Algún tiempo después, sin previo aviso, la casa de Garret y Daemigoth fue atacada por miembros de la Guardia Carmesí, la fuerza de choque del reino. Tras una dura escaramuza, los compañeros lograron escapar a duras penas de la encerrona, y cuando se dirigían al bosque, donde confiaban en que Xhaena les pudiera ayudar, se vieron sobrevolados por una inmensa flota de barcos voladores de guerra, mucho mayor de lo que el reino de Alexandria había poseído jamás, en rumbo hacia el este, hacia la frontera con Sanlhoria, el reino vecino, y tradicional rival. La mayoría de estos barcos eran nuevos, y se movían de una forma diferente a los barcos voladores normales, creaciones mecánicas de los gnomos. Eran más parecidos en sus movimientos a criaturas vivas, denotando que era una poderosa magia, no un motor mecánico, lo que los animaba. Aquello explicaba el ataque no provocado de la Guardia Carmesí, Garret procedía del reino vecino, Sanlhoria, y no deseaban que tuviera la ocasión de alertar a sus conciudadanos de la guerra que se avecinaba.
Abrumados por lo que habían visto, y sin saber muy bien que hacer, los compañeros se reunieron con Xhaena, buscando su sabio consejo. La druida les aconsejó buscar la fuente del poder de los barcos, que intuía que se encontraba hacia el sur, y, confiando en que otros se encargaran de avisar al reino de Sanlhoria, decidieron buscar la fuente del nuevo poder que esgrimía la Reina. El viaje fue largo, salpicado de combates, hasta que llegaron a una pequeña taberna cerca de la frontera sur de Alexandria, donde se encontraron con un grupo de guerreros Kehays, el pueblo al que pertenecía Denay, que buscaban a una novia fugada. Uno de ellos fue asesinado por un hombre que se había disfrazado con una piel de lobo, por lo que Garret fue nuevamente asaltado. Todos reaccionaron en su defensa, incluyendo una maga humana llamada Daphne, que pasaba por allí, y que básicamente estaba buscando una excusa para darles una lección a aquel atajo de brutos. Era de estatura media y delgada, con una larga melena pelirroja. Vestía camisa y pantalones rosas y una larga capa azul. Pronto demostró tener un carácter bastante poco cohibido, extrovertida y algo basta, pese a su apariencia delicada. De algún modo, decidió autoinvitarse a acompañar al grupo, sin que ninguno de sus componentes acertara a decir nada en contra. Tras reducir a los bárbaros, a los que no sólo perdonaron la vida, sino que les permitieron conservar sus pertenencias, marcharon de nuevo hacia el sur. Su camino les llevó hacia un pueblecito en medio de ninguna parte llamado Huglendt, donde les esperaban más sorpresas.
Abrumados por lo que habían visto, y sin saber muy bien que hacer, los compañeros se reunieron con Xhaena, buscando su sabio consejo. La druida les aconsejó buscar la fuente del poder de los barcos, que intuía que se encontraba hacia el sur, y, confiando en que otros se encargaran de avisar al reino de Sanlhoria, decidieron buscar la fuente del nuevo poder que esgrimía la Reina. El viaje fue largo, salpicado de combates, hasta que llegaron a una pequeña taberna cerca de la frontera sur de Alexandria, donde se encontraron con un grupo de guerreros Kehays, el pueblo al que pertenecía Denay, que buscaban a una novia fugada. Uno de ellos fue asesinado por un hombre que se había disfrazado con una piel de lobo, por lo que Garret fue nuevamente asaltado. Todos reaccionaron en su defensa, incluyendo una maga humana llamada Daphne, que pasaba por allí, y que básicamente estaba buscando una excusa para darles una lección a aquel atajo de brutos. Era de estatura media y delgada, con una larga melena pelirroja. Vestía camisa y pantalones rosas y una larga capa azul. Pronto demostró tener un carácter bastante poco cohibido, extrovertida y algo basta, pese a su apariencia delicada. De algún modo, decidió autoinvitarse a acompañar al grupo, sin que ninguno de sus componentes acertara a decir nada en contra. Tras reducir a los bárbaros, a los que no sólo perdonaron la vida, sino que les permitieron conservar sus pertenencias, marcharon de nuevo hacia el sur. Su camino les llevó hacia un pueblecito en medio de ninguna parte llamado Huglendt, donde les esperaban más sorpresas.
viernes, 30 de octubre de 2009
Alas de Dragón III
Aquel habría sido el fin de aquellos valientes aventureros si no hubiera sido porque preocupados después de tres días sin saber nada de ellos Daemigoth, Denai y Cora decidieron partir en su búsqueda, conscientes de que ya deberían haber regresado. El camino también fue duro para este nuevo grupo, que sufrieron una emboscada por parte de un gran grupo de Kobolds, pero tuvieron la fortuna de encontrarse con Xhaena, una druida elfa de gran poder, la guardiana de aquel bosque. Xhaena curó sus heridas e hizo que les acompañara su ayudante, Saiban, un explorador humano. Siguiendo los pasos de sus compañeros atrapados, los cuatro se adentraron en las catacumbas enfrentándose a sangre y fuego a todas las criaturas que les salieron al paso. Finalmente, y en mitad de un duro combate contra unas Mantas Oscuras, lograron reunirse con sus compañeros, que estaban en ese momento a punto de ahogarse.
Después de un largo y merecido descanso, los siete continuaron adentrándose en la larga red de túneles, infestados de arañas gigantes y no muertos, a lo largo de varios días, ya que cada poco tenían que detenerse a descansar para reponerse de sus heridas y que Garret recuperara sus conjuros de sanación. Finalmente llegaron ante la cámara donde les esperaba aquel que había robado el rubí, custodiada por un gran grupo de esqueletos, liderados por un esqueleto más grande, posiblemente de un ogro. Este esqueleto logró acabar con la vida de Saiban, antes de que Garret lograra canalizar su poder divino para inmovilizar a aquellas abominaciones. Sin embargo, aquello fue sólo el principio de un duro combate, ya que tras las puertas que los esqueletos custodiaban se encontraba el que sería la primera Némesis del grupo, el nigromante llamado Dark Smare, junto con su mascota, una monstruosa hidra, que pese a ser una de las más pequeñas de su especie, a punto estuvo de acabar con los valientes compañeros, y de hecho logró matar a Garret. Cuando la hidra fue finalmente reducida, su maestro optó por huir, aunque no antes de dejar caer a propósito el rubí. Ya no lo necesitaba, había logrado liberar la energía negativa, aquella que sustentaba a los no-muertos, que la gema contenía. Saquearon todo lo que de valor encontraron y regresaron a Alexandria.
Tras devolver la gema, la recompensa fue decepcionantemente mísera, insuficiente para pagar la resurrección sus compañeros muertos, que costaba una pequeña fortuna, pero, por fortuna, la princesa Neivah, la heredera al trono, se apiadó de los aventureros y les entregó algunas de sus joyas, con las cuales pudieron pagar la resurrección.
Después de un largo y merecido descanso, los siete continuaron adentrándose en la larga red de túneles, infestados de arañas gigantes y no muertos, a lo largo de varios días, ya que cada poco tenían que detenerse a descansar para reponerse de sus heridas y que Garret recuperara sus conjuros de sanación. Finalmente llegaron ante la cámara donde les esperaba aquel que había robado el rubí, custodiada por un gran grupo de esqueletos, liderados por un esqueleto más grande, posiblemente de un ogro. Este esqueleto logró acabar con la vida de Saiban, antes de que Garret lograra canalizar su poder divino para inmovilizar a aquellas abominaciones. Sin embargo, aquello fue sólo el principio de un duro combate, ya que tras las puertas que los esqueletos custodiaban se encontraba el que sería la primera Némesis del grupo, el nigromante llamado Dark Smare, junto con su mascota, una monstruosa hidra, que pese a ser una de las más pequeñas de su especie, a punto estuvo de acabar con los valientes compañeros, y de hecho logró matar a Garret. Cuando la hidra fue finalmente reducida, su maestro optó por huir, aunque no antes de dejar caer a propósito el rubí. Ya no lo necesitaba, había logrado liberar la energía negativa, aquella que sustentaba a los no-muertos, que la gema contenía. Saquearon todo lo que de valor encontraron y regresaron a Alexandria.
Tras devolver la gema, la recompensa fue decepcionantemente mísera, insuficiente para pagar la resurrección sus compañeros muertos, que costaba una pequeña fortuna, pero, por fortuna, la princesa Neivah, la heredera al trono, se apiadó de los aventureros y les entregó algunas de sus joyas, con las cuales pudieron pagar la resurrección.
martes, 20 de octubre de 2009
Alas de Dragón II
Garret fue reclamado al palacio, donde la obesa e histriónica reina Zane de Alexandria en persona le encomendó la misión de recuperar la Piedra Rosseta, un gran rubí propiedad de la familia real, que había sido robado. Dado que el culto a Shiva no era el oficial de la ciudad y el clérigo dependía de la buena voluntad de las autoridades para poder seguir predicando, no pudo negarse. Las pistas llevaban a las catacumbas de un antiguo monasterio abandonado en mitad de un bosque que había al sureste de la ciudad.
A Garret le acompañaron Thorcrim y Gilian, que buscaban aventuras, por lo que no tuvieron inconveniente en sumarse a la búsqueda, esperando una jugosa recompensa si lograban recuperar la joya. Sin embargo, la búsqueda fue complicada, pues tanto el bosque como las cavernas resultaron estar cuajados de peligros, tanto trampas y no-muertos como la fauna local. Finalmente los tres quedaron seriamente heridos y con Garret, el único que poseía el poder de sanar, inconsciente tras un duro combate. Pero lo peor fue que de repente las puertas de la sala donde se encontraban se cerraron con unas pesadas losas de piedra, y se abrieron unos pequeños agujeros por donde empezó a salir agua. De este modo quedaron atrapados en una habitación que se llenaba lentamente de agua, sin posibilidad de pedir ayuda y condenados a morir ahogados.
A Garret le acompañaron Thorcrim y Gilian, que buscaban aventuras, por lo que no tuvieron inconveniente en sumarse a la búsqueda, esperando una jugosa recompensa si lograban recuperar la joya. Sin embargo, la búsqueda fue complicada, pues tanto el bosque como las cavernas resultaron estar cuajados de peligros, tanto trampas y no-muertos como la fauna local. Finalmente los tres quedaron seriamente heridos y con Garret, el único que poseía el poder de sanar, inconsciente tras un duro combate. Pero lo peor fue que de repente las puertas de la sala donde se encontraban se cerraron con unas pesadas losas de piedra, y se abrieron unos pequeños agujeros por donde empezó a salir agua. De este modo quedaron atrapados en una habitación que se llenaba lentamente de agua, sin posibilidad de pedir ayuda y condenados a morir ahogados.
sábado, 10 de octubre de 2009
Alas de Dragón I
La historia del grupo que acabaría siendo conocido como las Alas de Dragón comenzó una noche de primavera, cuando un guerrero bárbaro llegó a un cementerio en las afueras de la ciudad de Alexandria, capital del reino del mismo nombre, débil y tambaleante por un conjuro debilitante que un misterioso ser con brillantes ojos rojos le había lanzado.
En el cementerio se encontraba un clérigo de la iglesia de Shiva llamado Garret, junto con su discípulo, Daemigoth, un hechicero
Antes de que tuvieran la oportunidad de ayudarle, se enfrentaron a unos zombies, que aparecieron literalmente del suelo. Aquello fue extremadamente raro, ya que los no-muertos eran más que infrecuentes en aquel tiempo, y más en un terreno consagrado, pero a pesar de ello, los tres lograron reponerse a la sorpresa lo suficiente para despedazar a los cadáveres andantes.
El guerrero bárbaro se presentaría más tarde como Denay, de los páramos del Norte, y aunque fuerte, era algo bajo y delgado comparado con la mayoría de los suyos. Su pelo, era rubio y alborotado, y sus ojos eran de un color azul claro. Llevaba una vieja y sucia cota de escamas con un gorjal que le tapaba casi todo el rostro y estaba armado con un espadón a dos manos.
Garret también vestía una cota de escamas, aunque bastante mejor cuidada, y llevaba sobre sus fuertes hombros una piel de lobo blanco. Con casi dos metros de altura, resultaba imponente, lo que se resaltaba por su atlética constitución, y su pelo blanco y corto. Se defendía con un escudo de madera adornado con el emblema de su diosa, una espada de hielo atravesando una luna en cuarto creciente helada. Estaba además armado con una maza.
Daemigoth, por último, parecía bastante joven, y era bastante bien parecido, atlético, de piel morena, pelo castaño y ojos pardos. Vestía unos simples pantalones de tela y un chaleco rojo, por lo que sólo contaba con su magia para protegerse, y sólo portaba una lanza para defenderse. Quizás por llevar la contraria a su maestro, llevaba en una cinta en su frente el emblema de Wee-Jas, el dios de la magia y de la muerte.
Mientras tanto, tres extraños llegaron, cada uno por su lado, a la misma ciudad, tres personajes bastante diferentes entre sí. Se toparon por casualidad con unos bandidos que trataban de extorsionar a la gente de un pueblo de las afueras de la ciudad, y tuvieron que unir sus fuerzas para poder ponerlos en fuga.
La primera era Gilian, una halfling en busca de aventuras. Al contrario que la mayoría de los de su raza, tenía una expresión bastante seria, y nada en su aspecto denotaba la menor alegría. Era delgada y pálida, con su pelo negro recogido en una simple cola de caballo, y vestía ropas igualmente negras, que incluían un sencillo coselete de cuero, armada simplemente con dos dagas y una ballesta ligera.
La segunda una guerrera elfa de los bosques, exiliada de su tierra tras la larga guerra civil que su reino había sufrido. Su nombre era Kora, y era delgada, como la mayoría de los suyos, con el pelo rubio y los ojos grises. Portaba ropas de elegante confección, y en ningún momento se separaba de su mortífero arco.
Por último, llegó un guerrero enano llamado Thorcrim, de gran estatura para su raza, muy musculoso, aunque con rasgos algo toscos. Su pelo era negro, como su barba, algo corta, lo que indicaba su juventud. Llevaba un martillo de guerra y una pesada lóriga de escamas, así como un gran escudo de madera, además de las herramientas propias de un herrero.
En el cementerio se encontraba un clérigo de la iglesia de Shiva llamado Garret, junto con su discípulo, Daemigoth, un hechicero
Antes de que tuvieran la oportunidad de ayudarle, se enfrentaron a unos zombies, que aparecieron literalmente del suelo. Aquello fue extremadamente raro, ya que los no-muertos eran más que infrecuentes en aquel tiempo, y más en un terreno consagrado, pero a pesar de ello, los tres lograron reponerse a la sorpresa lo suficiente para despedazar a los cadáveres andantes.
El guerrero bárbaro se presentaría más tarde como Denay, de los páramos del Norte, y aunque fuerte, era algo bajo y delgado comparado con la mayoría de los suyos. Su pelo, era rubio y alborotado, y sus ojos eran de un color azul claro. Llevaba una vieja y sucia cota de escamas con un gorjal que le tapaba casi todo el rostro y estaba armado con un espadón a dos manos.
Garret también vestía una cota de escamas, aunque bastante mejor cuidada, y llevaba sobre sus fuertes hombros una piel de lobo blanco. Con casi dos metros de altura, resultaba imponente, lo que se resaltaba por su atlética constitución, y su pelo blanco y corto. Se defendía con un escudo de madera adornado con el emblema de su diosa, una espada de hielo atravesando una luna en cuarto creciente helada. Estaba además armado con una maza.
Daemigoth, por último, parecía bastante joven, y era bastante bien parecido, atlético, de piel morena, pelo castaño y ojos pardos. Vestía unos simples pantalones de tela y un chaleco rojo, por lo que sólo contaba con su magia para protegerse, y sólo portaba una lanza para defenderse. Quizás por llevar la contraria a su maestro, llevaba en una cinta en su frente el emblema de Wee-Jas, el dios de la magia y de la muerte.
Mientras tanto, tres extraños llegaron, cada uno por su lado, a la misma ciudad, tres personajes bastante diferentes entre sí. Se toparon por casualidad con unos bandidos que trataban de extorsionar a la gente de un pueblo de las afueras de la ciudad, y tuvieron que unir sus fuerzas para poder ponerlos en fuga.
La primera era Gilian, una halfling en busca de aventuras. Al contrario que la mayoría de los de su raza, tenía una expresión bastante seria, y nada en su aspecto denotaba la menor alegría. Era delgada y pálida, con su pelo negro recogido en una simple cola de caballo, y vestía ropas igualmente negras, que incluían un sencillo coselete de cuero, armada simplemente con dos dagas y una ballesta ligera.
La segunda una guerrera elfa de los bosques, exiliada de su tierra tras la larga guerra civil que su reino había sufrido. Su nombre era Kora, y era delgada, como la mayoría de los suyos, con el pelo rubio y los ojos grises. Portaba ropas de elegante confección, y en ningún momento se separaba de su mortífero arco.
Por último, llegó un guerrero enano llamado Thorcrim, de gran estatura para su raza, muy musculoso, aunque con rasgos algo toscos. Su pelo era negro, como su barba, algo corta, lo que indicaba su juventud. Llevaba un martillo de guerra y una pesada lóriga de escamas, así como un gran escudo de madera, además de las herramientas propias de un herrero.
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