jueves, 3 de diciembre de 2009

Alas de Dragón I

I
El día se acercaba a su fin en las afueras de la gran ciudad de Alexandria, tiñendo el cielo de tonos rojizos. La inminente llegada de la noche hacía acelerar el paso a numerosas personas, que se apresuraban para llegar a sus hogares antes de que la oscuridad cayera sobre los caminos. Mientras la mayoría se dirigía hacia la ciudad o hacia los barrios bajos situados extramuros, dos hombres apretaban el paso en sentido contrario.
Uno era muy alto, de piel clara y pelo blanco, vestido con ropas gruesas, destacando una magnífica capa de piel blanca de lobo, con la cabeza del animal haciendo las veces capucha. También llevaba una pesada coraza de escamas, con un escudo, como si esperara problemas. Su nombre era Garret, clérigo de la diosa Shiva, el único de su religión que había en la ciudad.
El segundo era poco más que un muchacho, de estatura media, lo que le hacía parecer bajo en comparación con el primero, pero con una complexión más recia y atlética. Su piel era bronceada y su pelo castaño, con rasgos algo angulosos, pero que más de una mujer consideraría atractivos. Vestía de manera sencilla, con unos pantalones de lino sin teñir y un sencillo chaleco rojo. Se llamaba Daemigoth, y era el ayudante del clérigo.
Los dos compañeros se dirigieron a un pequeño cementerio, algo alejado de la ciudad, situado al noroeste, cera de unas colinas bajas. Las autoridades de la ciudad habían decidido ceder aquel cementerio, abandonado tiempo atrás, para la pequeña minoría practicante de la religión de la diosa de la Luna Helada, de la que Garret era el predicador. Era un lugar descuidado, lleno de malas hierbas, cuyas únicas tumbas recientes eran de personas fuera de la ley, que habían muerto y sido enterradas con el mismo secretismo con el que habían vivido. Pero más preocupante que lo que vio fue lo que no percibió. Garret notó que la tierra del camposanto no retenía el conjuro de consagración que debía protegerlo de cualquier fuerza oscura. No había sido renovado en años, probablemente en décadas. Tampoco era algo imprescindible, ya que a fin de cuentas, las oscuras energías necróticas, que permitían la existencia de los no-muertos, estaban recluidas a muy pocos lugares del mundo, por lo que el peligro de los nigromantes era casi inexistente. Sin embargo, esto disgustó al clérigo. Se suponía que un cementerio debía de ser un lugar adecuadamente consagrado, y, desgraciadamente, él carecía del poder necesario para conjurar una plegaria de ese nivel de complejidad. Con todo, comenzó a adecentar un poco el lugar, y preparó un pequeño altarcillo portátil con unas velas para conjurar una plegaria de bendición sobre el lugar en el momento en el que anocheciera, cuando la influencia de su diosa era más poderosa y sus dones divinos eran mayores. No sería una verdadera consagración, pero sería mejor que nada.
Mientras el clérigo hacía sus preparativos, su ayudante se dedicó a barrer las viejas lápidas, con una total falta de entusiasmo que no se molestaba en tratar de disimular, para disgusto de su mentor, que esperaba que algún día el joven se decidiera a madurar, y se deshiciera de aquella cinta con el emblema de Wee-Jas que llevaba en la cabeza. Garret se limitó a negar con la cabeza.
En ese momento, ambos vieron un intenso destello rojo hacia el norte, en algún lugar entre las colinas. El clérigo notó como se le erizaba el pelo de la nuca, delatando la sensación de mal augurio que le invadió en ese momento.
Maestro y discípulo se quedaron en silencio durante unos largos minutos en los que nada más ocurrió. Sólo el antinatural silencio que se apoderó del lugar seguía indicando que algo ocurría. Algo peligroso.
Y de repente, un ruido de pies arrastrándose les alertó de la presencia de un tercer hombre. Parecía un guerrero bárbaro de los páramos, de estatura media, delgado, rubio y de piel morena, que vestía una vieja y sucia cota de escamas, con una especie de bozal metálico que le tapaba la mitad del rostro, y empuñaba a duras penas una espada a dos manos. Parecía estar en las últimas, extremadamente débil, aunque no mostraba ninguna herida evidente, y apenas llegó cerca de Garret y Daemigoth se derrumbó en el suelo, exhausto y jadeando por el esfuerzo. Garret se arrodilló de inmediato ante el desconocido, intentando averiguar qué le había sucedido. Su frente estaba perlada de sudor, pero muy fría al tacto.
No tuvo más tiempo para continuar su exploración, ya que de repente el clérigo escuchó otro sonido, procedente de dos de las tumbas más recientes. El sonido de tierra siendo removida. Desde dentro. Dos figuras putrefactas, que en otro tiempo habían sido humanos, salieron de sus tumbas. Sus ojos que no veían se dirigieron hacia los tres hombres, con paso lento y torpe, pero constante.
Garret miró a las criaturas con horror e incredulidad a partes iguales, sintiéndose paralizado por las nauseas. Todo lo que sabía, o creía saber, sobre esos seres, los zombis, le decía que era imposible que pudieran existir en un lugar como aquel. Y sin embargo, ahí estaban. Finalmente, su férrea voluntad logró imponerse a su estupor y desenfundó su maza y su símbolo sagrado. Por Shiva que iba a enviar a esos seres de vuelta a la tierra de donde habían salido, y que iba a averiguar que infernal prodigio los había creado.
Daemigoth dio un paso al frente para proteger a su maestro, y con unos gestos arcanos y una única palabra, creó un chorro de llamas que envolvieron a uno de los muertos vivientes, que pese a todo siguió avanzando, aparentemente insensible al fuego. El segundo zombi fue recibido por el bárbaro, que con un rugido de dolor y de ira se levantó del suelo y lanzó contra su rival una salvaje estocada que le arrancó limpiamente un brazo y dejó el arma clavada en el tórax del no muerto, que pese a todo siguió en pie, tratando de arañar y morder al guerrero. El brazo seccionado, por su parte, siguió moviéndose y retorciéndose en el suelo, como un rabo de lagartija. Con una breve plegaria en los labios, canalizó a través de su símbolo sagrado y de su propio cuerpo la radiante energía divina en estado puro, confiando en que, tal y como le habían instruido, fueran anatema para aquellas criaturas. Un destello azulado brilló por un segundo en el cementerio, sin crear ningún efecto visible sobre sus adversarios, hasta que de repente estos comenzaron a retroceder, huyendo del gigantesco clérigo tan lentamente como habían avanzado.
Viendo su oportunidad, Daemigoth y el guerrero bárbaro redoblaron sus ataques, mutilando inmisericordemente a los dos cadáveres hasta que dejaron de moverse. Daemigoth trató de recomponer su gesto, tratando de ocultar el miedo que había pasado, mientras que el salvaje de los páramos, consumidas las pocas energías que le quedaban en aquel breve pero truculento combate, cayó al suelo inconsciente.

5 comentarios:

  1. Hola gente. Ante las críticas recibidas a la historia de los Alas de Dragón, he decidido volver a empezar de cero, con un estilo más literario y personal que espero que os guste más. Evidentemente, la historia progresará mucho más lentamente, pero espero que al menos se os haga más amena, y si hace que esperéis la próxima entrada con cierta impaciencia, mejor que mejor. Cada entrada será desde el punto de vista de uno de los personajes, como un préstamo de la Canción de hielo y fuego. No está indicado, pero no creo que os cueste mucho identificar al prota de cada una. Como siempre, se agradecerán todo tipo de comentarios, críticas constructivas, críticas destructivas, declaraciones de amor, amenazas de muerte y todo eso.

    ResponderEliminar
  2. Tengo que decir que me ha encantado, en serio. El ritmo narrativo es mucho más intenso y constante. Enhorabuena :)

    ¡Qué tensión con los malditos zombies! Uno siempre se acuerda de la primera vez que se enfrenta a un monstruo nuevo. Degollar al enésimo goblin nunca es tan divertido como el primero.

    Un abrazo!

    ResponderEliminar
  3. Como ya te comenté antes, está muy bien Javi. Así es mucho más legible además para aquellos que no estuvieron presentes, que si no parecía un cuaderno de bitácora.

    Ays, qué recuerdos... una lástima que no os mataran aquellos zombies, porque bien pensado habría batido un record cargándome a los PJs durante el primer encuentro de la campaña! Mierda, para la próxima vez :P

    ResponderEliminar
  4. Yo, que soy de mentalidad eminentemente visual (ufff cuánto polisílabo junto! ni en el debate de garci!) ya me lo estaba imaginando todo, en escala de grises con rojo para el cielo y algún detallito en verde moho para los zombis... El relato queda como un "trailer" de una historia mayor. Mola.
    Kurt.
    PD: Nada de matarnos Isra, como me vayas a cortar el cuello, sacaré a Patsy para que te eche la mirada más dulce y suplicante del mundo... ríete del gato de shrek.

    ResponderEliminar
  5. Esta mas chulo que la otra vez, el otro tipo de relato es útil para hacer resumenes, o recordar a largo plazo que pasó, pero sin duda es mejor este estilo para leerlo.

    Un saludo

    ResponderEliminar